¿Fue eficaz el
sistema defensivo indiano?
La principal preocupación
estratégica de España en el Pacífico y el Atlántico era la enorme cantidad de
kilómetros que debían defender de incursiones piratas y de otras potencias,
algo que mediante las defensas terrestres nunca pudieron evitar completamente,
como sí ocurrió en Cartagena de Indias y el Caribe. Por ese motivo se lanzaron
expediciones y se otorgaron patentes de corso a ingleses, francés y holandeses
que pretendieron franquear los puertos, ciudades y barcos hallados en las aguas
caribeñas de las Antillas. Sería durante las luchas emancipadoras cuando estas
posiciones defensivas jugarían un rol más destacado, aunque no bastaron para
vencer a las fuerzas independentistas. Así, España logró defender sus
provincias con éxito de los peligros externos a lo largo de 300 años, pero no
había previsto ninguna medida similar para afrontar los peligros del interior.
Durante el siglo XVII, el
Golfo-Caribe era el núcleo de la defensa española en las Indias, lo que
comprobaron los enfrentamientos contra los extranjeros presentes en la zona.
Este hecho todavía se remarcó durante el siglo XVIII, cuando en esta cuenca
marítima se enfrentó las fuerzas militares de España, Holanda, Francia e
Inglaterra y se sucedieron batallas navales, invasiones y bloqueos de puertos
en su lucha por el dominio virreinal. En este escenario, los presidios antillanos
financiados por los virreinatos novohispano y neogranadino desempeñaron un
papel clave al defender el orden hispanoamericano hasta finales del periodo peninsular
en América.
Sin embargo, fueron las fortalezas
del Pacífico (El Callao y Chiloé), las que aguantaron hasta el final, cuando
toda la Tierra Firme había ya logrado su secesión de la Monarquía Hispánica y
ésta había olvidado a los hombres que luchaban por ella en América.
Fortaleza del Real Felipe de El Callao (Virreinato del Perú)
El castillo del Real Felipe del
Callao es la mayor estructura militar construida por la Monarquía Hispana en la
América continental. Se levantó en el siglo XVIII para proteger el puerto de la
constante amenaza de piratas y corsarios de potencias enemigas. Su papel fue
importante en el proceso de independencia, pues protagonizó varios hechos de
armas. Así, en 1816 el corsario irlandés William Brown, al servicio de
las Provincias Unidas de Río de la Plata, bombardeó infructuosamente la
fortaleza, siendo fácilmente rechazado. En 1819 Thomas Cochrane, al
servicio de la junta revolucionaria chilena, también fue rechazado sin mayores
problemas. En 1821 el coronel de los Reales Ejércitos al mando de la plaza, José de La Mar, la entregó a los insurrectos y se unió a ellos por miedo a
quedarse aislado. Sin embargo, tres años
después (1824) fue reconquistada por el oficial de S.M. Rodil y Campillo,
que consiguió resistir tras la capitulación española de Ayacucho hasta enero de
1826, cuando se dio cuenta de que la ayuda desde España jamás llegaría. Durante
el periodo post hispánico, El Real Felipe, sufrió diversas funciones (prisión, cuartel,
aduana, policía, etc.) y cambios de nombres. En la actualidad aloja el Museo del Ejército del Perú.
Estructura poliorcética
La fortaleza tiene la forma de un
pentágono irregular ocupando un área de 70.000 m². En cada uno de sus cinco vértices
se edificó un baluarte, que fueron bautizados con los nombres de El Rey (compuesto
de base -24 cañones de hierro -, machón -8 de bronce - y mirador, con un
interior laberíntico y un puente levadizo de acceso), La Reina (seccionado en
dos niveles con plataformas para el fuego artillado, posee depósitos de municiones,
provisiones, pozo con agua y calabozo), San Felipe, San Carlos (en cuya parte
inferior existieron 4 casamatas como almacenes) y San José. El
recinto posee dos entradas: la principal o de honor -ubicada en el tramo de la muralla
comprendido entre los baluartes de El Rey y San José, que se encontraba
orientada hacia el antiguo Camino Real de Lima, contaba con un puente levadizo
para cruzar el foso de agua que originalmente rodeaba a la fortaleza- y la
secundaria, situada en la parte posterior de la fortaleza, fue conocida como la
Puerta del Perdón, pues fue utilizada durante el sitio del Callao por los desertores
que se pasaban al lado insurgente. Además contaba con un potente aljibe de
agua.
Dentro de la fortaleza se hallaba
la Casa del Gobernador de la plaza (lugar de alojamiento del jefe militar del
Real) fue construido construyó en el vértice del baluarte de San Carlos y tenía
tallados en su frontis el escudo de Su Majestad Católica (hoy desaparecido por
objetos históricos de la historia peruana) y, en su parte superior, se ubicó el
llamado Caballero de los Doce Cañones (mandado hacer por el virrey Amat) que
apuntaba con sus 12 bocas de fuego a los cuatro puntos cardinales y hasta tres
líneas de retirada para una defensa a ultranza de este punto.
Breve reseña histórica
Durante el Virreinato del Perú,
El Callao fue el puerto por donde se
embarcaban las riquezas de la región con rumbo a España. Por esta razón fue
víctima de un constante ataque de parte de corsarios y piratas. Para proteger
el puerto, el virrey Pedro Álvarez de Toledo y Leiva dispuso su fortificación,
construyendo entre 1640 y 1647 las murallas que rodearon el entorno de la
ciudad. Pero un terremoto en 1746, al que siguió pocos minutos después un maremoto,
destruyó gran parte del puerto, dejándolo desprotegido. Es entonces cuando el virrey
José Antonio Manso de Velasco, Conde de Superunda, ordenó la construcción de una fortaleza. El 29 de diciembre de 1746 se
aprobó el diseño presentado por el matemático y arquitecto francés Luis Godin y los españoles José Amich y Juan Francisco Rossa. El 21 de enero
de 1747 se iniciaron los trabajos con el cavado de las zanjas y el 1 de agosto del
mismo año se llevó a cabo la colocación de la primera piedra. Fue una de las
más grandes obras de arquitectura que realizó la Monarquía Hispánica, con un
costo de tres millones de pesos. Para ésta se utilizaron bloques de piedra
traídos de las canteras de la isla San Lorenzo y de los restos desenterrados de
las antiguas murallas destruidas por las catástrofes citadas. Estos bloques
compuestos de cuarcita y arenisca fueron reforzados a cal y canto. El nombre
fue elegido en honor del rey Felipe V de Borbón, que había fallecido por
esas fechas. La edificación finalizó durante el mandato del virrey Manuel de Amat y Junient en 1774. En1782, el virrey Manuel Guirior notó que la fortaleza era vulnerable a un
fácil golpe de mano por sus flancos, por lo que decidió construir dos pequeños
fuertes, llamados de San Miguel y San Rafael, que se hallaban a corta distancia
hacia ambos lados del recinto completando el sistema defensivo denominado Los Castillos
del Callao.
La fortaleza permaneció sin
mayores incidentes hasta 1806 cuando se empezó a gestar la independencia del
Perú. Fue entonces cuando el virrey José Fernando de Abascal y Sousa
ordenó construir un almacén para las armas y la artillería, así como un aljibe que
pudiera contener agua para abastecer a dos mil hombres por cuatro meses de
ocurrir un sitio a la fortaleza.
En los primeros actos de gobierno
del virrey Abascal y, debido a los preparativos que llevaba a término en
la guerra contra Inglaterra, decidió remozar las murallas de Lima así como la
plaza de El Callao en julio de 1808, para lo cual contó con el aporte del clero
de la Ciudad de los Reyes, donde aparecieron por un lado las remodelaciones,
reconstrucciones y nuevas construcciones llevadas a cabo en las murallas de
Lima y El Callao, limpieza de la capital (reduciendo el presupuesto a 4.000
pesos anuales), desplazamiento del cementerio al exterior de la urbe.
No se olvidó de la reposición y reconstrucción de las murallas y
baluartes de la ciudad de Lima y sus avenidas marítimas, así como las fortificaciones
del puerto de El Callao. Y todo ello, con el apoyo de la elite peruana del
momento, para frenar los ataques británicos que se estaban dando cada vez con
mayor audacia en las posesiones españolas de Ultramar.
Antes de adentrarse en la capital y su puerto, el virrey Abascal aseguró
los flancos norte y sur de los mismos para repeler un posible ataque marítimo.
Para ello, se encargo en persona junto con los jefes militares de Ingeniería,
Artillería y Marina de inspeccionar la zona desde la caleta de la Achira –donde
apostó una batería sobre los morros de la misma- hasta la ensenada de Ancón.
Además buscó un posible camino de huida, en caso de que el enemigo triunfase en
su asedio a la Ciudad de los Reyes, por la quebrada de San Mateo, muy útil por
ser estrecha y empinada.
Asegurados los alrededores se centró en Lima, donde reforzó y reparó las
murallas de la capital para lo que dotó de terraplenes a los 33 baluartes del
perímetro capitalino, así como explanadas y puentes en el interior de las mismas
para facilitar el traslado de soldados y material en caso de ataque, fosos en
el exterior para dificultar su asalto y almacenes de pólvora y pertrechos en
las golas de dos de los baluartes. El coste de todo ello, debido a los escasos
recursos hacendísticos, fue cubierto gracias al apoyo de la elite limeña. Para
ello, el 29 de agosto de 1807, se procedió a repartir los costes de los
baluartes y sus caras del siguiente modo: Arzobispado, cabildo catedralicio,
clero diocesano y monasterios de religiosas, tres baluartes; Cabildo de Lima,
seis baluartes; Tribunal de la Santa Inquisición, dos baluartes; Real Tribunal
del Consulado, tres baluartes; Tribunal de la Minería, tres baluartes;
Universidad de San Marcos, un baluarte; Conventos de Santo Domingo, San Agustín
y Ntra. Sra. de la Merced, tres baluartes; Compañía General de Comercio de los
Cinco Gremios Mayores de Madrid, un baluarte; hacendados de las inmediaciones,
tres baluartes; Marqués de la Celada de la Fuente, un baluarte; Francisco
José Vázquez de Ucieda, un baluarte; Cofradía de la O, un baluarte y la
Caja General de Censos, un baluarte. No hay que olvidar tampoco el
levantamiento “ex novo” de la muralla en la zona de Montserrat, cuyo monto
ascendió a 7.000 pesos y fue costeado por los habitantes del vecindario y la
nueva portada adyacente a la iglesia conventual de Ntra. Sra. de Guadalupe,
costeada por Juan Macho.
Una vez asegurada la capital del Perú, había que reforzar su fortaleza de
vanguardia: el Real Felipe de El Callao. Aquí lo primero que hizo fue derribar
la coronación de viejo estilo churrigueresco que quitaba perspectiva y
practicidad a la misma y, en su lugar, emplazó una batería de 24 cañones. Rodeó
toda la fortaleza de una cuneta y plano inclinado para dificultar un posible
agresión, profundizó el foso de la muralla de la plaza en diez pies elevando el
muro de los dieciocho pies que tenía a veintiocho, sin olvidar la construcción
de puentes levadizos, un aljibe provisto de suficiente agua potable para
mantener con vida a un contingente de 2.000 hombres durante cuatro meses y
almacenes para guardar todo tipo de víveres y suministros, debajo del
terraplén. También se construyó un acueducto de cuatro caños, para ahorrar
gastos, desde esta antigua caja de agua o reservorio comunal al muelle, y así
poder abastecer a las lanchas de los barcos. La plaza chalaca estuvo lista para
resistir un posible asedio en óptimas condiciones; como así se demostró en 1826
durante las postrimerías del imperio español americano. Destinó el 20 de
septiembre de 1806, como comandante del castillo de San Rafael, al primer
teniente Manuel Arredondo.
Pasado los años, se le vino a dar
la razón. El irlandés William Brown realizó un bloqueo al puerto del Callao el 21 de enero de 1816. Al mando
de una flotilla, Brown capturó algunos barcos españoles y bombardeó el
puerto sin causar mayores daños, ya que fueron contestados por los cañones de
los castillos y de las baterías terrestres, que obligaron a retroceder a los
atacantes. El 16 de enero de 1819, la fortaleza rechazó el ataque insurgente
del aventurero inglés Thomas Cochrane durante el gobierno del virrey Joaquínde la Pezuela. Ese intento infructuoso obligó al general José de San Martín
a entrar a la capital por Pisco y no por el Callao. Una vez declarada la independencia,
se ordenó el sitio del fortín, que se hallaba bajo dominio español al mando del
general José de La Mar. El 19 de septiembre de 1821, al ver la escasez
de alimentos y la amenaza de epidemia que sufrían sus tropas, La Mar
decidió entregar la plaza y unirse a las fuerzas independentistas. San
Martín entonces renombró la fortaleza bautizándola como “Castillo de la
Independencia”. Sin embargo, la fortaleza volvió a dominio español tras la Sublevación
del Callao realizada por el sargento Dámaso Moyano en 1824, tomando el
mando de ésta el brigadier español José
Ramón Rodil y Campillo, quien,
negándose a reconocer la capitulación de Ayacucho, se encerró en la fortaleza y
resistió el sitio de las fuerzas patriotas al mando del general Bartolomé Salom hasta el 22 de enero de 1826, en que entregó la plaza al ver que la
ayuda de España no llegaba. Esta acción fue el fin de las Provincias de
Ultramar en Tierra Firme, pues el mismo día se juraba la independencia de Chiloé,
que fue anexionado a Chile con la firma del Tratado de Tantauco una semana
antes.