miércoles, 27 de junio de 2007

Las Juntas Militares de Defensa



    Introducción

   Vamos a tratar de dilucidar un caso habido en nuestra España durante el primer tercio del siglo XX en relación a un grupo o comunidad de hombres que se consideraron mal tratados por sus compatriotas del momento y dieron salida a sus resentimientos basándose en la fuerza que sus conciudadanos habían depositado en ellos a favor de todos y no en usufructo propio.

   En relación con el tema que nos ocupa, cabe decir que el Ejército es la representación de la fuerza de una nación que por entonces deseaba fueran representados una serie de intereses profesionales en un principio, políticos después, a través de un representante que son las Juntas Militares de Defensa para dar cabida a sus fines. Todo ello durante la época conocida como de la Restauración. Esta intervención veremos que tiene unos orígenes bien concretos y unas consecuencias no menos influyentes en el devenir de nuestra historia más reciente.

   Panorama histórico del primer tercio del siglo XX

   En los primeros treinta años de centuria, el mundo se va a ver sacudido por lo que se vendrá a llamar la I Guerra Mundial, conflicto armado de magnitudes increíbles hasta el momento y con unas consecuencias inimaginables en todos los ámbitos del quehacer humano. Desde el pensamiento, pasando por el Arte o la Literatura, las ideologías políticas o la Ciencia, sin dejar de lado la economía mundial junto a una red de contactos que se tiende por todo el planeta abarcándolo poco a poco hasta límites insospechados; el mundo va a comenzar a ser otro a partir de esa fecha. Hay una universalización de los acontecimientos desconocida hasta entonces que dará a parar un estilo de hacer política muy diferente al que se conocía.

   Dentro del panorama político internacional, asistimos a la crisis del colonialismo que tendrá su desmoronamiento durante la segunda mitad de siglo pero que su origen lo encontramos durante estos años. Tema éste de especial relevancia para el período histórico del que vamos a hablar, que va a ser la segunda parte de la Restauración española, que nace y acaba con el reinado de Alfonso XIII (1902-1931). También nos vamos a referir al conflicto marroquí que abarca de 1909 a 1927, el cual a pesar de tener unas repercusiones de vital importancia para el desarrollo de los acontecimientos de la época a nivel nacional, no cabe olvidar la posición de otras potencias interesadas en el reparto del pastel africano y la influencia que tuvieron en este conflicto de tan desigualdades consecuencias para todos los actores del momento.

   En todo este ir y venir de avatares históricos, surge en España un sector de la sociedad que tuvo un gran protagonismo en la revolución liberal decimonónica y que va a tener otro de manera muy especial en el siglo XX. Me estoy refiriendo al Ejército. A raíz de la Guerra de la Independencia (1808-1814) y con el apoyo de la fuerza armada a las ideas liberales en contra de las absolutistas del viejo Régimen, le llevó primeramente a defenderse de las ideas de su rey que desconocía por completo la realidad de su reino en donde se había producido una revolución ideológica sin posibilidad de marcha atrás. Posteriormente contra los carlistas, contando el Ejército con la ayuda de la realeza legalmente constituida en contra de la que intentó durante tres guerras hacerse con el trono. Sirviendo siempre como “guardia pretoriana” como le gustaba definirlo a S. Payne, a favor de un bando político y otro a lo largo y ancho todo el siglo XIX , se sintió protagonista de la evolución política de su país, mas siempre como “espadón” a favor de una facción u otra litigante que como alternativa independiente de poder.

   Pasados los años y acercándonos a finales de la centuria de 1800, surge en España la primera República cuya vigencia en el tiempo a pesar de breve, dejará una huella indeleble en el Ejército al tocar puntos considerados clave para él. Tenemos una fuerza armada que no tiene nada que ver con la que vio nacer el siglo, con una visión distinta de su papel dentro y fuera del país, a qué o a quién representa, cuáles son sus verdaderos interesas y un largo etcétera. La Nación sustituye el concepto de Reino, siendo la Bandera su máxima expresión simbólica, el orden interno frente a posibles conatos revolucionarios, la defensa de la unidad nacional y la salvaguarda del poder legalmente constituido, junto con unas guerras coloniales defensoras mas de un pasado que de un pilar para un futuro, serán las bases de su quehacer durante la Restauración entre 1875 y 1931.

   Pasarán muchas cosas pero antes de acabar el siglo, España pierde sus últimas posesiones de Ultramar lo que sumirá a las fuerzas armadas en una crisis de identidad bastante notable, con la genuina apreciación de ser un estado invertebrado como apuntó en su día Ortega y Gasset, es decir sin una actividad económica capaz de crear una clase media para fomentar un reparto equitativo de la riqueza y así aplacar las fuertes tensiones sociales del momento, sin una clase política preparada para aceptar las bases de un juego plural y verdaderamente democrático, además de presentar un Ejército que se siente dolido y humillado tanto por la clase política como por su pueblo, creándose un resentimiento capaz de albergar recelo hacia casi todas las instituciones ajenas a lo estrictamente castrense. Sus consecuencias se plasmaran en la Ley de Jurisdicciones de 1906, las Juntas Militares de Defensa de 1917, la Dictadura de 1923 y el Alzamiento de 1936.

   Por supuesto no hay que caer en la creencia de que el caso español es algo único y diferente al de sus vecinos europeos. Tenemos el prejuicio de no desear compararnos con nuestros colegas mediterráneos, pero debemos de hacerlo puesto que por geografía y cultura nos encontramos mucho más ligados a ellos que al resto de los continentales. Así vistas las cosas Portugal, Italia, Grecia y Turquía presentarán casos similares al nuestro.

  Nacimiento y muerte de las Juntas Militares de Defensa

  La expresión más clara de asociacionismo y por lo tanto de defensa de intereses por parte de la colectividad militar está en el nacimiento de las Juntas Militares de Defensa. No se debe de olvidar que el elemento castrense verá como nacen alrededor suyo diversas organizaciones (sobretodo de carácter obrero) en defensa de sus intereses profesionales y de clase, para lo cual nacerán una serie de representantes plasmados en sindicatos y partidos políticos entre otras formas de representatividad. Ante esto, el militar imitará a otros grupos sociales para luchar por sus intereses.

   A esta decisión va pareja la necesidad de atajar los problemas ya endémicos del ejército español de entonces y que venían de un siglo atrás, como son la macrocefalia en su organigrama, las pagas exiguas, la división interna a nivel de sus diferentes Armas y las derrotas sufridas en las guerras coloniales habidas en los últimos tiempos. Todo ello desvelaba un sistema militar ineficaz en su ejecución, desorientado en su misión y desprestigiado ante sus compatriotas.

   1. Situación anterior (1898-1906-1909-1916)

   Tras el Desastre del 98, el Ejército se encontró sin una finalidad concreta por la que trabajar, además se sintió humillado por todo el país (especialmente por la clase política, la cual le conminó a ir a luchar; sin olvidar que incluso contra los deseos de Canovas estaban ahí gracias al apoyo decidido del Ejército por la causa alfonsina) y manejado de este modo por la oligarquía dominante. Cuando finalizó esta campaña, se repartieron demasiadas recompensas y ascensos por méritos de guerra, algo que contrasta hasta el más profano en la materia con las consecuencias tan desastrosas para las armas españolas que tuvieron aquellos hechos. Ante todo esto reaccionó uniéndose y defendiéndose de lo civil, naciendo de esta manera una mentalidad sindicalista que afloró en 1917.

   No cabe olvidar la repetición del suceso que tendrá lugar años después en la guerra de Marruecos de casi veinte años de duración y cuya tramoya traerá ríos de sangre y de dinero verdaderamente impresionantes para tan escaso volumen bélico que en todos sus niveles debieron de tener aquellas operaciones.

   En relación con lo anterior, decir que las luchas africanas serán un factor de distanciamiento entre las diferentes armas y unidades, aumentando más la disidencia interna en el Ejército. Ya de antaño el Arma de Artillería y el Cuerpo de Estado Mayor estaban formados por un tipo de individuo que se perfilaba de origen aristocrático en su origen en un número importante de ellos, junto a una preparación técnica e intelectual evidentemente muy por encima de las armas de Caballería o de Infantería, cuya procedencia era más democrática y con una preparación más superficial y obsoleta.
  
 Por otro lado las unidades y junto a éstas los oficiales que las mandaban, se diferenciaron pronto por su marcha o no a Marruecos. Aquella tierra ignota en todos sus aspectos fue dada a la mala suerte de España, por motivos ajenos a sus verdaderos intereses y necesidades para volver a caer en los mismos fallos que había cometido en Cuba: Corrupción en todos los escalafones del ejército expedicionario, ausencia de un planteamiento de operaciones para la zona en conflicto, empleo descoordinado en la actuación política para seguir por parte de los gobernantes de entonces y, el famoso problema de los ascensos que tras la campaña de Ultramar desparecieron en concepto de mérito de guerra para volver sobre ellos reabriéndose con motivo del desastre del Barranco del Lobo en el año 1909, muy cerca de la plaza de Melilla. Lógicamente los oficiales que se quedaron en África fueron favorecidos por estas medidas y los que no, siguieron en sus cuarteles esperando su ascenso por rigurosa antigüedad. De tal modo que se creó una división entre los militares: Africanistas y Peninsulares. Los primeros eran partidarios de los ascensos dentro del escalafón por méritos de guerra y los segundos no. A pesar de que aquellos se jugaban en gran medida el pellejo en los combates habidos contra los rifeños, tenían la posibilidad de ascender rápidamente de graduación además de ver aumentada su escasa paga de oficial. Por otro lado la oficialidad destacada en la Península, llevaría lógicamente una vida más placentera en reglas generales a pesar de los conflictos sociales plasmados en las calles, pero se verán desplazados de los ascensos (vertiginosos en algunos casos) que disfrutarán los africanistas contando solamente con la antigüedad como punto de arranque, languideciéndose en los cuarteles de provincias, sin más aspiraciones que reivindicar una serie de puntos que tendrán su expresión en las Juntas de Defensa.
  
 Pero antes de la formación de las Juntas, acaecieron una serie de hechos que provocaron la rapidez en la formación de éstas. La concepción que existía entre los miembros del Ejército como cuerpo maltratado, tuvo su puesta en escena en 1895, al asaltar un grupo de oficiales las sedes de los periódicos madrileños El Resumen y El Globo. En los años 1901 y 1902, fue empleado el Ejército para reprimir huelgas que hubo en Madrid y Barcelona, y años más tarde surgió un nuevo incidente entre un grupo de oficiales destacado en la ciudad condal y la sede del periódico catalán Cu-Cut que con cierta sorna había criticado la acción militar en las Antillas, siendo atacada violentamente por aquellos; la oficialidad española en su conjunto apoyó la actitud de estos jóvenes militares. Las presiones al aparato político se dejaron ver perfectamente en la creación de la Ley de Jurisdicciones del año 1906, la cual en su articulado daba carta blanca a la intromisión del poder dentro del ámbito civil en caso de delitos contra la Patria, relacionándolos con los ultrajes a la Bandera o a sus representantes los militares. Por supuesto que eran un fuero especial a favor de una comunidad que tenia las armas en la mano y que tendrá la posibilidad de ponerlo en práctica en los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona del año 1909.

   En relación con los hechos de la campaña de Melilla en verano del año nueve el gobierno de Maura tuvo el desacierto de enviar a luchar a soldados reservistas, en su mayor parte casados y con hijos, que no habían vuelto a ver un fusil desde los tiempos del Servicio. El “casus belli” saltó como consecuencia de un incidente entre una partida de moros de la zona y un grupo de trabajadores del ferrocarril. La consecuencia del malestar por parte de los hombres nuevamente llamados a filas que en su día no pudieron impedir su marcha al teatro de operaciones rifeño por no poder redimir su plaza con el pago de una cuota que sólo los soldados de clase burguesa podía permitírselo, fue aprovechada por la izquierda política de la época con los anarquistas a la cabeza retando de esta forma al poder gubernamental de corte liberal. El Ejército fue una vez más empleado como remedio de los desbarajustes del gobierno, lo que evidentemente no gustaba a los militares que se veían entre la espada y la pared, entre frenar el desorden revolucionario y caótico por un lado y sentirse manipulado por una clase política incapaz de digerir las nuevas corrientes ideológicas surgidas del capitalismo industrial como respuesta a una realidad social distinta que precisaba ser encauzada globalmente en cauces legales y no remendada parcialmente.

   Poco a poco el órgano armado de la nación va tomando conciencia de sus problemas y en enero de 1910, un grupo de tres oficiales publican una hoja, firmada en nombre de una “Comisión Militar” en la que se tocarán temas que veremos reflejados en las Juntas, como son la crítica al Cuarto Militar del Rey que creaba una aureola de favoritismos para el tema de los ascensos por méritos de guerra en detrimento de los de escala cerrada. El periódico La Correspondencia Militar por otra parte no deja de lado esta cuestión, aprobando su postura a favor de la antigüedad en el escalafón que le costará una manifestación de pública simpatía por parte de la oficialidad joven que el gobierno sancionará con arrestos; creemos que es patente la ceguera del gobierno ante lo que se le iba a venir encima en detrimento de la postura civil del régimen de la Restauración.

   No olvidemos que en el año de 1916 era el tercero de la conocida entonces Gran Guerra, teniendo a España como país oficialmente neutral (a pesar de ello la población nacional se dividió en aliadófila o germanófila). La revolución bolchevique estaba a punto de estallar en territorio ruso y la izquierda española no se encontraba ajena a ella. En Marruecos las cosas estaban en relativa calma aún sin saber que por entonces el mayor cabecilla de todos los tiempos del Protectorado estaba poniendo las bases de su futura rebelión. Aprovechándose de la coyuntura para enriquecerse rápidamente los empresarios y, verse aumentado el salario de los obreros gracias a al presión de sus sindicatos hacia la patronal entablando negociaciones de diverso cariz, el militar no se vio mejorado en este aspecto. El oficial aún siendo de un nivel económico típico de la clase media, conservó los rasgos aristocráticos en su vida cuartelera y en su vida castrense en general como la compensación en títulos nobiliarios de ciertos hechos de armas.

   España estaba en camino de convertirse en una “monarquía militar” pasando el Ejército de ser el brazo armado del Estado al brazo armado de la oligarquía dominante.

   2. Nacimiento de las Juntas (1917)

   Ante cualquier comunidad de personas ajenas a uno mismo por cultura, hábitos sociales, lengua, profesión, creencias, etcétera nos parece a primera vista como un todo sin fisuras, compacto incluso. Sin embargo y a medida que nos vamos acercando a su realidad caemos en la cuenta de que esto no es así. Lo mismo ocurre con el Ejército español de 1917.

   La diferenciación de especialidad entre un artillero y un ingeniero era similar entre la de un infante y un caballero, pero no así entre el segundo y el tercero o el primero y el cuarto. ¿Por qué? La razón radicaba en la preparación intelectual y también en su origen social. Pero estas razones que ya las habíamos dicho anteriormente, se entienden al saber que todo militar perteneciente al Arma de Artillería firmaba desde 1888 una promesa por la cual se negaba aceptar cualquier ascenso que no fuera estrictamente cerrado. Por otro lado el Arma de Ingeniería defendía sus intereses profesionales en el mundo civil; muchos de los oficiales de esta rama del Ejército, una vez pasada una temporada como militares se incorporaban mucho mejor remunerados al mundo laboral. Ambas armas, junto a los de Estado Mayor estaban ya en las Juntas antes de 1917.

   La causa última que precipitó la formación de las Juntas Militares de Defensa se halla en la O. R. 16/01/16 en la que se obligaba a los jefes y oficiales a la realización de pruebas de aptitud física y profesional para así el Ministerio de la Guerra proceder a su evaluación. Esta acción se encontraba en el espíritu de reforma existente en la época para acabar con uno de los males que aquejaba al Ejército como era la macrocefalia. Jefes y oficiales muy numerosos, surgidos tras varios años de guerras coloniales, que mandan sobre un número de suboficiales y tropa más exiguo. Las pruebas fueron una de esas maniobras políticas llevadas a término con buena intención pero con escaso tacto. La reacción no se hizo esperar y tras protestar a todos los niveles, la O. R. fue archivada.

   La actividad castrense española del momento se encontraba en Marruecos por concentrarse las mejores tropas y mandos, en Madrid junto a la camarilla especial del Rey y, en Barcelona por ser lugar de mayores conflictos sociales de esta época. Tras los hechos arriba remitidos, empezaron a reunirse en la plaza de Cataluña de la ciudad condal la oficialidad de la plaza para acabar en un café de las Ramblas, cuando el clima ya no lo permitió, para hablar de sus problemas profesionales.

   Finalmente las reuniones se formalizaron en la Sala de Banderas del regimiento Vergara n. º 57, lugar desde el cual se enviaron a todas las provincias españolas un oficial de conseguir prosélitos para la formación de las Juntas. En enero de 1917 ya se habían extendido a toda España menos en Madrid y en África, las Juntas de Defensa de Infantería, de Caballería y de Artillería; esta última reformada.
   El poder político todavía no se daba cuenta de la gravedad del asunto hasta que en el mes de mayo se encuentra con un fuerte sindicato militar ante el cual era ya difícil luchar. El 1 de junio se da a conocer de manera pública el llamado Manifiesto de las Juntas, de carácter reivindicativo para hacer frente a cuestiones morales, económicas y profesionales que el Ejército pensaba eran necesarias llevara a cabo.

   Este acto de indisciplina por el procedimiento y netamente político al mostrar un total desprecio por el sistema liberal, actitud típicamente regeneracionista por otra parte. El pronunciamiento del 1 de junio de 1917, supone una ruptura constitucional y legal en la vida del país. Es la revolución de la clase militar (contando la ausencia de la tropa y del generalato) la cual fue muy bien recibida por la opinión pública española, mas no por los partidos políticos legalizados por el sistema de la Restauración.

   Defraudó a los que vieron como aquellos que deseaban manejar los resortes del país –el Ejército- fueron manipulados por la clase política. Se ve el año de 1917 como un momento mal aprovechado para regenerar el sistema político de 1875 y democratizarlo con la entrada efectiva en el poder de los socialistas, regionalistas catalanes y la nueva derecha.

   Cuestiones de índole histórica, política y económica llevaron a la formación de las Juntas, pero tanto su origen, su fin y su método fueron viciados, lo que abrió el camino a la Dictadura de 1923.

   3. Desarrollo y muerte (1917-1922)

   Las primeras peticiones hechas por los miembros de la comisión de la Junta Superior del Arma de Infantería, presidida por el comandante Benito Márquez, al Gobierno fueron: Mejores pagas, sustituir al Alto Comisario en Marruecos (general Gómez Jordana) considerado promotor de favoritismos, el retiro de varios tenientes generales por sus actuaciones políticas y la reorganización de los colaboradores personales del Rey. A éstas peticiones se consideraron a tener en cuenta la cuestión del sueldo, el acabar con el favoritismo y el problema de los ascensos.

   La Junta se ofreció a un posible nuevo gobierno dirigido por Maura (que se negó por parecerle contrario al espíritu de la Restauración) en el mes de junio. Para hacerse oír bien se pensó en tomar el poder de forma violenta dando un golpe de mano, pero se desechó la idea prefiriéndose jugar con el ya existente.

   Ante el peligro de huelgas que se avecinaban aquel verano de 1917, el Gobierno cedió ante los militares por sentirse necesitados de su fuerza. De esta manera se destinaron 2.000.000 de pesetas para sueldos (no hay que olvidar que la medida de los presupuestos de guerra de la época tan sólo un 10% iba destinado a material bélico y el resto para pagas de los miembros del Ejército, con un 60% para la oficialidad y un 30% para la tropa) y, en cuanto a la camarilla personal del Rey y su tiempo de servicio se recortó a cuatro años.

   En el mes de julio la situación política hacia aguas por todos los lados y un grupo de parlamentarios presididos por Cambó se reunió el día 19 en Barcelona para discutir problemas de índole nacional, no sólo de carácter regional. Era patente el desacuerdo con la política llevada hasta ahora por la Restauración. La asamblea fue disuelta sin más, pero era ya un hecho bastante significativo la disconformidad existente dentro de un sector de la clase política respecto del sistema establecido. De hecho el mes de siguiente el ala más revolucionaria se lanzó a la calle para darse a conocer. E incluso la Junta Superior pidió al Rey la revisión de la Constitución, cuestión a la que el Monarca no le dio importancia; sin embargo no aceptaron por ejemplo los militares codearse con los parlamentarios por tener entre ellos un peso específico los regionalistas; algo que no casaba muy bien con el espíritu nacional castrense.

   Pero el día 10 del mes de agosto se convocó una importante huelga revolucionaria en todo el país, con especial incidencia en Barcelona, alentada por el izquierdismo más acuciante como pudieran ser los anarcosindicalistas y, azuzados por la revolución bolchevique que estaba tomando visos positivos para los socialistas y comunistas europeos. Para variar se empleó la Ejército, que actuó con dureza, sintiéndose éste manipulado una vez más por la clase política. En el acuse mutuo de descalificaciones acabó ganando el primero al provocar la caída del Gobierno de Eduardo Dato Iradier en el mes de octubre.

   Entre tanto los cabos, sargentos y suboficiales se organizaron al igual que sus superiores en la Unión de Clases y Tropa. Lo mismo hizo los diferentes ramos de la administración pública que se organizaron en juntas para defender sus propios intereses de cuerpo, esperando tener el mismo éxito que habían tenido los militares hasta entonces. Ante este panorama parece que el peligro corría a cargo no tanto del proletariado que era mantenido a raya, sino a la pequeña burguesía que avanzaba sin parar.

   El nuevo gobierno surgido en noviembre de este año nombró a La Cierva como ministro de la Guerra. De condición civil y aparentemente favorecedor de las Juntas, este ministro intentó controlarlas al servicio de la monarquía, para lo cual tomó una serie de medidas. Estas fueron: Aumentar sustancial del sueldo, congraciarse con los junteros más significativos, alentar la creación de juntas entre los hombres en estado de Reserva para contrarrestar de este modo a las juntas con sus hombres en activo, eliminar la Unión de Clases de Tropa para granjearse la simpatía de la oficialidad que veía en aquella un germen peligroso de infiltración revolucionaria comunista (como había pasado en la Rusia soviética) y finalmente crear la Junta de Defensa Central para eliminar al molesto comandante Márquez, jefe hasta entonces de la Junta Suprema de Infantería.

   En la evolución de los acontecimientos llegamos al día 16 de marzo de 1918, fecha en la que se decide cambiar la nomenclatura de Juntas por la de Comisiones Informativas, además de desaparecer las representaciones territoriales para quedarse exclusivamente las centrales.

   Al acabar la Gran Guerra las consecuencias de la desaparición de la bonanza económica hicieron mella en el proletariado que, en marzo de 1919 convocó la huelga de La Canadiense, empresa energética ubicada en la ciudad condal. La represión de la manifestación callejera por parte de la autoridad militar (no hay que olvidar el apoyo jurídico de 1906 de sacar soldados a las calles para reprimir este tipo de actos) y civil con sus dotaciones policiales provocó no pocos no pocos altercados entre los representantes del poder constituido que mandó acallar los conatos revolucionarios, al no ponerse de acuerdo de quién era el responsable y qué medidas habían de ponerse en juego, si las militares o las civiles. No cabe olvidar que el Gobierno declaró el estado de excepción con lo que la situación quedaba en manos militares…
Nuevamente nació otra disconformidad de pareceres, otra luchar por demostrar quién tenía más fuerza. Ocurrió en el mes de octubre de 1919, cuando un grupo de oficiales de Estado Mayor mostró su disconformidad con las Comisiones, lo que les llevó a los miembros de éstas a expulsarlos del Ejército amparándose en sus propios tribunales de honor sin contar con los legalmente vigentes. En su forcejeo con el Gobierno se llevaron la palma.

   En 1920 la paz social está más extendida por toda España –ante todo en Barcelona- produciéndose la reunificación del partido Conservador y pudiendo de este modo hacer frente a las Comisiones Informativas desde cierta ventaja.

   En el mes de marzo de 1921 es asesinado el Presidente del Consejo de Ministros, don Eduardo Dato Iradier, a manos de terroristas anarquistas, y en el verano de este mismo año se produce la hecatombe de Annual y Monte Arruit, donde cerca de 12.000 militares y civiles dejaron sus vidas a manos de los rifeños en el infierno marroquí. Duelo nacional, petición de responsabilidades (nace para investigar el caso una comisión de investigación cuyos resultados no concluyentes se llamó Informe Picasso; su nombre pertenece a un General que en su época de joven oficial participó en la campaña de Melilla de 1893 junto a Primo de Rivera, entre otros) y escándalo ante el cúmulo de errores sacados a la luz pública ante los horrores del desastre. Entre los africanistas y los junteros nace una agria disputa que les llevará a culpabilizarse mutuamente del varapalo nacional, los unos por corruptos e ineficaces, los otros por conspiradores y politiqueros.

   Finalmente las tesis africanistas a cerca de la disfunción de los junteros se hace cada vez más popular al marchar bien los asuntos de la guerra marroquí, lo que le llevará al Rey a tantear ante la guarnición de Barcelona, lugar de nacimiento y baluarte de las Juntas- la disolución de las Comisiones de Información, aprovechando una comida de hermandad cinco años después de su creación.

   Viendo el acuerdo tácito de los militares en general de toda España, decide acabar con ellas el 14 de noviembre de 1921. Se eliminaron las Comisiones Informativas, pero su espíritu permaneció vivo, plasmándose primero en la Dictadura de Primo de Rivera en 1923 y en el Alzamiento de 1936.

   Un grupo de presión con intereses profesionales y políticos

   En el punto anterior hemos hecho una visión panorámica del acontecer de las Juntas durante su corta vida, con pequeñas referencias a sus antecedentes y sus secuelas en la historia reciente de España.

   Parece que la causa primordial del nacimiento de las Juntas no es otro que el dar salida rápida y equitativa a los problemas profesionales del Ejército. Sin embargo éstos no se encuentran más que en las últimas líneas de sus peticiones, cuando aparecen.

   Los puntos principales de sus quejas se cifran en la oposición a los oficiales africanistas y al sistema de ascenso por méritos de guerra, a la existencia de una camarilla palaciega donde se gestaban todos los favoritismos y, al generalato por entender estaba relacionado con aquella y por ende por el propio Monarca. Además exigen la uniformidad en la concesión de recompensas, pagas más altas y acceso al monarca sin tanta dificultad. Y también es bueno saber que sienten cierto despego por el civilismo en general, empleando la terminología de Seco Serrano por entender ellos que es incapaz de comprender ni su labor interna de orden público (provocado por la incapacidad gubernamental de salir airoso con sus propias fuerzas de los conflictos sociales que en gran medida provoca), ni su labor externa por haber sido los intereses políticos y sus luchas internas los que no les han permitido desarrollar su tarea con pleno éxito en las distintas campañas americanas y africanas de los últimos años.

   Sin embargo con todo este quejido militar, conviene saber que no es tan distinto al auténtico fin de las Juntas que no era social ni de justicia política, sino de reconocimiento del Cuerpo de Oficiales como entidad corporativa y como elite oligárquica dentro de la ya existente.

   Para alcanzar buenas pagas, recompensas entendidas por los militares como justas y sobre todo un reconocimiento público de ser una de las instituciones principales de la Nación.

   Conclusiones

  El esquema político de la Restauración, que Canovas había puesto en marcha en 1875 y que como alternancia en el poder, venía funcionando con una alternancia ordenada entre los partidos dinásticos: El conservador de Cánovas y el liberal de Sagasti, tendrá que revisarse a partir de 1902, porque las cosas están cambiando.

   Los nuevos problemas que van a surgir son la crisis en las distintas jefaturas de los principales partidos políticos, el surgimiento del catalanismo a la palestra política, las convulsiones en el movimiento obrero con el salto al Congreso de los diputados socialistas y la revolución de la clase media (como exponente tenemos a las Juntas Militares de Defensa o Comisiones Informativas) llevarán a la Restauración a una situación de la que no supo salir. De aquí vendrá el origen de la Dictadura por no existir una clase política fuerte capaz de organizarse, ni una clase económica media importante como para crear un clima de convivencia adecuado.

   El Ejército nacido de una derrota y atacado duramente por la izquierda contraria a la guerra marroquí y por los regionalistas catalanes y vascos, provocando que el militar español de tradición liberal durante el siglo XIX se vuelva cada vez más conservador. De este modo se obtendrá del Gobierno –paulatina e inexorablemente- mayor cuota de poder, empezando por la aprobación de la Ley de Jurisdicciones de 1906, continuando con la constitución de las Juntas Militares de Defensa de 1917 y para acabar con el Directorio Militar de 1923.

   En definitiva, se creará un vacío de poder que los militares ocuparán de modo cada vez más destacable hasta hacerse con el poder en España durante cuarenta años bajo la jefatura de un militar de renombre –Francisco Franco- tras el ensayo de Primo de Rivera y la nefasta experiencia republicana que provocará directamente el estallido de una guerra civil.

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