
Hoy se celebra el Bicentenario del levantamiento de la “Nación en armas” del 2 de mayo de 1808, cuando parte del pueblo de Madrid se sublevó contra las tropas invasoras francesas que se llevaban a los infantes fuera de la villa y corte. Este levantamiento fue la chispa que encendió todo el polvorín español e hispanoamericano. Aquí hablaré un poquito de cómo un virrey asturiano al servicio de la Corona en tierras suramericanas logró mantener unido este subcontinente a la autoridad del Rey.
El virrey José Fernando de Abascal y Sousa (1806-1816) sobrevivió hábilmente a la crisis dinástica de 1808 y salvó al virreinato del Perú del conflicto interno, que trastornó a los virreinatos de Río de la Plata, Nueva Granada y Nueva España, así como a las capitanías generales de Caracas y Chile desde 1809-1810. Por medio de su política de reciprocidad, Abascal pudo trascender la tensión entre españoles y americanos con la perspectiva de volver del revés la política carolina desde la década de 1770. La política conservadora de Abascal combinó la defensa del orden establecido con una contraofensiva exterior. El gobierno limeño se aprovechó de las revoluciones criollas en Quito, el Alto Perú y Chile para restablecer el control peruano entre 1809 y 1815. Este nuevo gran Perú contrarrevolucionario presentó un reto formidable a los regímenes revolucionarios de Nueva Granada y Buenos Aires. Este último fracasó por tres veces en el intento de establecer su control sobre el Alto Perú, que Abascal volvió a unir a Lima en 1810. Efectivamente, los dos bastiones del legalismo absolutista en América del Sur fueron el Perú y el Brasil, este último centro de la monarquía portuguesa del momento. Abascal se presentó como el auténtico virrey en el momento de la Emancipación. Él fue realmente el único virrey del momento, puesto que Iturrigaray en Nueva España, Hidalgo de Cisneros en Río de la Plata y Amar y Borbón en el de Nueva Granada, carecieron en su actuación de aquellas cualidades que deben caracterizar la función de representación de la realeza, que es consustancial a la personalidad del virrey. Se hallaron tan sorprendidos por la novedad y tan carentes de iniciativa personal, que pronto fueron arrastrados por los acontecimientos, excepto Abascal, que no pudo aceptar una actitud expectativa e inhibitoria. Fue un hombre con energía, decisión e iniciativa propia, lo contrario del tipo de virrey creado por las reformas borbónicas, recortado en sus atribuciones y simple ejecutor. La época en que éste gobernó el Perú atravesaba por una completa crisis de autoridad y, para un militar de casta como él, nada podía ser más lamentable que encontrar en los gobiernos peninsulares nuevas ideas que minaban, a su juicio, su autoridad más que las reformas borbónicas. Por el hecho de no resignarse a actuar débilmente en una época crítica, Abascal procedió como autoridad independiente.
Por entonces se produjo el golpe más duro que sufrió la unidad de los dominios de la Monarquía Hispánica provocando, además de una crisis institucional del virrey y de los virreinatos, una crisis de las personas. La situación creada por el movimiento emancipador exigía al virrey desenvolverse operando sobre otras bases constitucionales completamente distintas. La postura revolucionaria hizo triunfar la idea de que siendo el virrey nombrado por el rey, desde el momento en que dejara de existir la autoridad real, la autoridad del virrey fenecía automáticamente. No pudo darse efecto más contrario al que pretendían los teóricos anunciadores de la libertad, puesto que el resultado inmediato fue recortar todavía más la limitada autoridad de los virreyes, cuando la más elemental medida política, ante una conmoción revolucionaria, era la de reforzar enérgicamente los resortes del poder.
Sin embargo, Abascal salvó la crisis constitucional con un verdadero alarde de tino político, mediante el que fue capaz de conciliar la obediencia al gobierno metropolitano, reprimir los intentos revolucionarios, recompensar a sus servidores, mantener los Reales Ejércitos, socorrer fuera del Virreinato a todas las autoridades en peligro de ser rebasadas por los insurgentes, en unas circunstancias en las que todo le era necesario y todo era poco para las atenciones del propio Perú, y lograr la formación de un partido americano criollo realista para hacer frente a los partidarios de la Independencia. La actitud firme e irreconciliable del Virrey hacia los revolucionarios y descontentos fue, quizá, el factor más decisivo en el mantenimiento de la autoridad española. Contrario a otros débiles representantes, que se rendían dócilmente a la presión en otras partes del imperio, estaba constantemente en guardia, decidido a sostener el sistema absolutista en el que creía, desaprobando no sólo la vacilación de sus colegas en otras partes de la América española, sino también las políticas conciliadoras de los sucesivos grupos que habían tenido la autoridad en la Península. Reveló en tan difíciles circunstancias talento, sagacidad y decisión, dotes que se pusieron reiteradamente de manifiesto cuando el ejemplo de las revoluciones americana y francesa, además de los conflictos en la propia metrópoli, agitó a todos los estamentos del Perú. Su prestigio personal y sus cualidades de estadista, a la par de su actitud recta e inquebrantable, le ganaron el respeto y la simpatía de la población limeña, si bien es verdad que la contrapartida de esta adhesión fue de veras onerosa en el campo económico. Con este objetivo, Abascal adoptó una política de conciliación y acercamiento a las elites americanas, especialmente a los intereses ya concedidos por la política borbónica del siglo XVIII. Su política en Perú no fue innovadora, ni mucho menos abrupta, sino continuadora de un proceso de acercamiento entre el gobierno virreinal y las elites limeñas, que ya había comenzado. La habilidad política de Abascal le permitió sobrevivir en una situación potencialmente peligrosa en la cual la elite limeña, sinuosa e intrigante como siempre, estaba buscando maneras para promover sus propios intereses.
Al cambiar el cariz de las circunstancias, se vio el Virrey obligado a poner toda su atención en objetivos más apremiantes. En un momento de ineludible crisis institucional, como era la ausencia de la cabeza política de la Monarquía y la invasión militar de la metrópoli por tropas extranjeras, observaremos cómo José Fernando de Abascal y Sousa reaccionó hábilmente ante tales hechos.
En Europa las cosas llevaban años poniéndose feas -a raíz de las revueltas habidas en Francia- que afectaron tanto a España como a otros tantos países de su entorno. Sin embargo, lo peor aún estaba por llegar. Coronado Napoleón emperador de los franceses, se lanzó a una política de expansionismo que logró la dominación de todo el continente europeo, a excepción de los reinos peninsulares ibéricos. Con la astucia y el engaño, logró aprovecharse de la división interna de la Familia Real Española, secuestrándola y colocando en los tronos luso e hispano a reyezuelos bajo sus órdenes. De este modo, la Casa de Borbón había sido borrada del mapa y las Indias -teóricamente- a su merced. En los virreinatos españoles, la noticia provocó una gran crisis. Las noticias generalmente confusas, la ineptitud de muchos de sus gobernantes para ejercer el mando en tiempos de crisis y el revanchismo de parte de la elite criolla, fueron los ingredientes de un cóctel, para algunos, difícil de digerir. Estalló de este modo la Guerra Civil Hispanoamericana que acabó con la segregación de las provincias de ultramar americanas respecto de la metrópoli.
A pesar de que al Perú nunca llegaron tropas galas, sí que es cierto que llegaron emisarios a otros virreinatos, así como cartas invitando a la colaboración con el nuevo orden a varias personalidades con responsabilidad en puestos clave de gobierno. De este hecho, se aprovechó la tradicional alianza anglo-lusa para apoderarse de las ricas posesiones americanas pero, gracias a los avatares bélicos peninsulares favorables a los españoles (Bailén), pudo dicho pacto ser conjurado. Por esta misma razón, el astuto Abascal se adelantó a jurar lealtad al rey Fernando VII, haciendo uso de su autoridad como máximo mandatario político, militar y jurídico del Perú. Inmediatamente, el Virrey se lanzó a una campaña de apoyo pecuniario a favor de la causa española en el viejo continente, empezando por él y acabando por el súbdito más recóndito del Virreinato sin olvidar a los intendentes, los comerciantes del Consulado, los miembros de la Iglesia, etcétera.
Para más información, consultar el artículo "Cuando no había rey en España, Abascal lo era en América" en el apartado de Historia de esta bitácora: http://averiguelovargas.blogspot.com/2007/09/cuando-no-haba-rey-en-espaa-abascal-lo.html.

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