jueves 18 de junio de 2009

Un día de cólera


PÉREZ-REVERTE, Arturo, Un día de cólera, Alfaguara, 2008.

Esta obra nos adentra, una vez más, en la acción heroica y a veces inútil del españolito de a pie que siempre paga los platos rotos de sus autoridades cobardes y acomodaticias. Se lee con rapidez y emoción, bien documentado por otra parte, el día 2 de mayo de 1808 en Madrid. Corrillos, patriotas, intrigantes, gentes de paso, curiosos, etcétera se verán involucrados en uno de los mayores acontecimientos de la Historia de España que la adentraron de golpe y porrazo en la Contemporaneidad. Aprovechando la novela he escrito algunos aspectos históricos para situar mejor, si cabe, al amble lector de Un día de cólera.

La incapacidad el rey Carlos IV junto con la ambición de su ministro Godoy provocaron la entrada en España de la Guerra contra la Convención francesa en 1793, para más tarde unirse a la Francia revolucionaria primero e imperial después en su lucha contra Inglaterra por medio de la firma de los tratados de San Ildefonso en 1796 y de Fontainebleau en 1807 –respectivamente- con resultados siempre negativos para la Corona española.

La dominación napoleónica no se detuvo en los Pirineos y con el subterfugio de doblegar a Portugal para cerrar completamente el bloqueo continental contra Inglaterra, invadió España. Mientras tanto el Príncipe de Asturias, Fernando de Borbón, dio un golpe de fuerza contra su padre el rey Carlos IVMotín de Aranjuez- en marzo de 1808. Pero Napoleón, más sagaz, aprovechó el litigio gubernamental español y el ansia de reconocimiento como monarca del Príncipe, atrajo a toda la Familia Real Española a la ciudad francesa de Bayona e invitó a abdicar a Carlos IV en su hijo Fernando VII y éste sobre el hermano de Bonaparte José I.

Aprovechando la gobernabilidad de la nueva dinastía Bonaparte, el rey José I intentó desarrollar un programa político, basado en una Ley superior. Hablamos del Estatuto de Bayona –no tanto una Constitución- que se basaba en un sistema autoritario. Fue más una Carta otorgada por parte de Napoleón –a través de su hermano José I- al Pueblo español que una Ley consensuada libremente por los representantes del Reino.

Conviene destacar que los españoles colaboracionistas -los afrancesados- impidieron la anexión del norte de España (léase la línea del río Ebro o la anexión de Cataluña) a Francia y que este Estatuto, nunca se implantó en América, a pesar de que tuvo en cuenta los representantes para los consejos reales, la abolición del tributo indígena y otros. De todos nodos nunca fue legislado a pesar de que sí fue objeto de discusión. El afrancesado no era partidario ni de la anarquía de la Revolución Francesa, ni del absolutismo del Antiguo Régimen ni del Liberalismo gaditano. Su objetivo fue una evolución del sistema político-social español, no una revolución. Juraron lealtad al rey José I alrededor de 2.000.000 de personajes públicos de diferentes estratos sociales y roles profesional. De entre ellos, 12.000 se exiliaron forzosamente a la región francesa de La Gironda. En general prefirieron ser mediadores entre las autoridades francesas y las españolas, más que la de colaboradores. En concreto en su relación con José I –acta firmada en Buitrago en 1808 por varios ministros como Azanza, Urquijo, etc.

En el campo militar, el Emperador creyó que el Reino de España era una masa de ignorantes gobernados por curas y frailes y que nada tenía que ver con el esplendor de su pasado; una visión muy revolucionaria por cierto. A pesar de la trama tan bien urdida, Napoleón no contó con la reacción del pueblo español que se revolvió frente al invasor francés, levantándose como nación en armas, pudiendo decirse que El atentado pudo consumarse, pero no impedir el grito de unos vasallos oprimidos. España fue, como contó más adelante el General en sus memorias durante su exilio, el principio del fin de sus sueños imperiales. Primero fue el Levantamiento del 2 de mayo de Madrid a la que le siguió otras ciudades españolas que abortó el duque de Berg. Meses más tarde las tropas españolas derrotaron a las francesas en la Batalla de Bailén. Fue la primera vez que las tropas imperiales eran derrotados en campo abierto en toda Europa: Napoleón no era invencible. La paralización de muchos capitanes generales y los desmanes y abusos de las tropas francesas en diferentes pueblos y ciudades de España conllevó a la formación de partidas guerrilleras –llamadas insurgentes por los gabachos- por todo el Reino. Nace la “Nación en Armas”, elemento verdaderamente revolucionario y español, ajeno a las reacciones extranjeras a las que estaba acostumbrado el Emperador que, una vez venciendo en el campo de batalla, todo el país caía rendido a sus pies. España fue distinta. El Pueblo se alzó para defender los derechos de su rey –un rey felón por otra parte- proclamando sin saberlo el concepto contemporáneo de Soberanía Popular.