sábado, 26 de diciembre de 2009

Las contraofensivas realistas en Perú (1810-1816)




   “Un brazo contra un continente”

   Entre 1810 y 1816, durante la segunda mitad del virreinato de José Fernando de Abascal y Sousa en el Perú, puso todo su empeño en mantener la supremacía no ya sólo sobre los diferentes puntos subversivos a la autoridad virreinal del sur de América, sino en apagar los intentos revolucionarios y separatistas del propio Virreinato con tal intensidad que llegó a decir que (…), de todas partes acuden a mi por consejos y socorros, como si yo tubiese unas atarazanas como las de Barcelona me acongoja el no poder atender á unos y á otros según sus deseos: (…). Para lograr semejantes metas, el mandatario se lanzó a la lucha interna para controlar y conciliar los intereses de la elite peruana –fundamentalmente limeña- junto con los de la metrópoli que su figura encarnaba; fenómeno que no intentó en solitario dentro del mundo ultramarino pero que, de hecho, sólo él consiguió. Y para muestra un botón, tal y como se desprende de las palabras del antiguo virrey del Río de la Plata, Baltasar Hidalgo de Cisneros al excusarse de su frustrada acción de gobierno ante el Rey afirmando: V:M, sabe el peligroso estado en que hallé a Buenos Aires y a todo este Virreinato cuando tomé las riendas del mismo (…) llamé sin demorar a todos los comandantes y mayores de los cuerpos militares de esta guarnición. Congregados que fueron, les hice presente el peligroso estado del pueblo y el desarreglo de sus intempestivas pretensiones: les recordé las reiteradas protestas y juramentos con que me habían ofrecido defender la autoridad y sostener el orden público; y los exhorté a poner en ejercicio su fidelidad en servicio de V. Majestad y de la patria. Pero tomado la voz don Cornelio Saavedra, comandante del cuerpo urbano de Patricios que habló por todos, frustró mis esperanzas, se explicó con tibieza: me manifestó su inclinación a la novedad; y me hizo conocer perfectamente que si no eran los comandantes los autores de semejante división y agitaciones, estaban por lo menos de conformidad y acuerdo con los facciosos (...) El día siguiente, 21 de mayo (...), el Cabildo (...) procedió a la junta general convocando por esquelas a quinientos vecinos; de los cuales asistieron solamente 200 por las causas que abajo expresaré. El 22 fue el día designado para la celebración de la Junta y el día en que desplegó la malicia todo género de intrigas, previsión y maquinaciones para llevar al cabo tan depravados designios. Había yo ordenado que se apostara para este acto una compañía en cada bocacalle de las de la Plaza a fin de que no permitiesen entrar en ella ni abrir a las Casas Capitulares persona alguna que no fuese de las citadas; pero la tropa de los oficiales era del partido: (...) negaban la entrada a la plaza a los vecinos honrados y lo franqueaban a los de la confabulación, tenían algunos oficiales copias de esquelas de convite sin nombres y con ellas introducían a las casas del Ayuntamiento a sujetos no citados por el Cabildo, o porque los conocían de su calidad, o porque los ganaban con dinero; así es como en una ciudad de más de tres mil vecinos de distinción y nombres, solamente concurrieron 200, y de estos muchos pulperos, algunos artesanos, otros hijos de familia y los más ignorantes y sin las menores nociones para discutir un asunto de la mayor gravedad. (La Junta) efectivamente (...) ha empezado las funciones de su gobierno ejercitando actos de verdadera soberanía que sólo son reservados a la suprema potestad de Vuestra Majestad (...). Ha entablado el sistema de terrorismo para con todos los hombres de bien que manifiestan adhesión al legítimo gobierno, que sienten en favor del Consejo de Regencia de Vuestra Majestad, que publican noticias favorables de España, que opinan contra su ilegalidad o que murmuran de sus providencias; y el sistema de indulgencia con todos los sediciosos y partidarios de la independencia (...). Los que en el Cabildo insultaron y vejaron al reverendo obispo y a otros vecinos honrados, han sido aplaudidos; los que publican por las calles, su libertad del yugo de España no son apercibidos. (...) veo indispensable la necesidad en que se halla Vuestra Majestad de remitir sin pérdida de momento por lo menos dos mil hombres de tropa con buenos y probados oficiales que impongan el respeto y restablezcan la subordinación; pues con esta providencia y con el desengaño de la Corte de Londres, con cuya protección han contado estos miserables e inexpertos faccionarios; se remediarán todos los males y quedarán asegurados estos dominios de Vuestra Majestad, que de otra suerte peligran y están próximamente expuestos, o a ser la presa de la ambición; a ser víctima de si misma.

   Cuán distinto fue el caso del virrey Abascal. Como muy bien se sabe, sus enemigos no se encontraron únicamente en el Desaguadero alto peruano y los Andes ecuatorianos, sino que incluso fueron de mayor importancia los que tuvo dentro entre los mismos súbditos que él debía gobernar; nos estamos refiriendo a una buena parte de los diputados liberales, acantonados en la isla gaditana de León por las peculiares circunstancias bélicas del momento, cuyas opiniones acerca del modo de proceder del representante real en el Perú no siempre fueron positivas. Por ello, Abascal, hombre convencido de las bondades que según él reportaba el absolutismo monárquico, no vio con buenos ojos toda emanación legislativa de las Cortes; aunque no era impedimento para que las acatara, a pesar de las circunstancias tan especiales que atravesaba la Monarquía Hispana, como funcionario real que era.

   A priori, todos los indicadores hablaban a favor de la maniobra política de este gobernante pero, en verdad, éstos no estaban completamente de su parte. Es cierto que entre los dirigentes sociales peruanos existían lazos familiares con los peninsulares, que tenían un natural afecto hacia la institución monárquica y pánico ante cualquier posibilidad de rebelión indígena (como la que hubo en el pasado con Túpac Amaru) causante, no ya de las muertes de muchos representantes reales, sino de ser una brecha subversiva capaz de arrojar completamente al abismo el orden social y económico por ellos conservado.

   Estas demostraciones de lealtad se pueden explicar bajo distintas perspectivas. De hecho, tenemos por ejemplo el funcionario peninsular fiel por norma legal y por íntimo afecto; el funcionario peruano fiel, del mismo modo; el funcionario peruano que vive la incertidumbre y vacilaciones en su fidelidad; el peruano sin vínculo administrativo con la Corona, pero que cree en la continuidad de un Virreinato “corregido”; el peruano íntimamente enraizado en las cosas nuestras, pero no ve claro el objetivo político de la independencia. En definitiva, no existe un solo modo de entender la adhesión a la causa realista sino muchos, dependiendo de la situación particular o corporativa de cada uno, de las circunstancias históricas del momento y, en general, de un sin fin de variables dispares.

   Hasta ahora hemos hablado de la actitud ciertamente adicta a la causa monárquica, pero ahora hay que hablar del punto de vista insurrecto o al menos infiel al régimen borbónico español. Este grupo revolucionario es un reflejo de las elites de una sociedad del Antiguo Régimen. Lo que lo define realmente, no son sus características materiales sino su pertenencia a la elite intelectual y su juventud. Clérigos y nobles, universitarios y abogados, funcionarios reales y militares, miembros de oligarquías municipales, estudiantes e hijos de grandes familias, alguno que otro comerciante, artista o artesano, he ahí el grupo moderno por excelencia en los dos continentes. Aunque es bien sabido que los tópicos del revanchismo criollo contra la ostentación de cargos por parte de los peninsulares hay que ponerlos a veces en entredicho, no es menos cierto que las elites nacidas y criadas en suelo americano iban, cada vez más, adquiriendo una conciencia propia distinta a la del europeo al que progresivamente se le iba viendo como un usurpador de algo que correspondía por derecho propio a los naturales del lugar, hijos de la tierra y descendientes en muchos casos de aquellos hombres que lograron la hazaña de la Conquista.

   Sin embargo, a pesar de que efectivamente existían descontentos entre cierto sector del estamento dominante en el Perú, también es verdad que todos aquellos que pretendieron dar un vuelco a la situación de legalidad vigente hasta entonces, aprovecharon los inciertos momentos de la desaparición del Rey en 1808 y de la promulgación de la Constitución Política de la Monarquía en 1812, para acabar tropezando con la dura realidad. A modo de ejemplo, en Catacaos, pueblo de la costa norte peruana, en donde el Vicario Provincial Tomás Diéguez reclamaba el 13 de febrero de 1812 al subcomandante militar, Juan Asensio Monasterio, del partido de Piura al cual pertenece, que (…) se hagan rogativas publicas, y secretas, para que Dios impida el curso de la sedición, y hostilidades que hace a nuestra Nación Española el Tirano de la Europa Bonaparte; (…); ejemplo que se repetirá por todo el Virreinato. Este símbolo fue el foco de los ruegos y anhelos de muchos de sus súbditos, cuyas resonancias llegaron a los puntos más alejados de sus posesiones.

   Ésta fue ni más ni menos que el apoyo masivo de la población americana a la situación histórica previa a los acontecimientos citados, que optó libremente por dar muestras de su lealtad al injustamente llamado Antiguo Régimen, tal y como reza la copla:


El gran Virrey Abascal

por su pericia y buen porte
lo recomienda a la Corte
el grado de Mariscal,
que debe de ser General
con este grado efectivo
ingeniero tan activo
digno pacificador
y del Portento terror
en el orden sucesivo


   Los alzamientos revolucionarios y las contraofensivas virreinales

   El desarrollo de las juntas de gobierno que se dieron en todo el territorio español peninsular y ultramarino como manifestación espontánea –tradicional en un primer momento en cuanto a su concepción teórica del poder y revolucionaria, más tarde, en sus manifestaciones- por parte de una sociedad que vio amenazada su existencia, no tuvieron éxito en el Perú gracias a la acción disuasoria del Virrey (…) pues aunque me hallo como el Buq.e en una navegación tranquila en una bonanza, vivo con el cuidado de un piloto vigilante q.e contempla q.e de un momento a otro se puede alterar su sosiego, y toma quantas precauciones subministra el arte y la prud.a p.a retardar y rebatir qualquier vorrasca, (…) frente a la creación de aquellas comisiones en gran parte de América del Sur y de las que se quejó en más de una ocasión al argumentar que recibio de oficio la instalacion del Consejo de Reg.a mas ni p.r eso quiso reconocerle poniendole mil defectos, capciosos los unos, falsos otros y todos conspirantes a la independencia, vajo el falso pretesto de conservar aquel territorio a fern.do 7°. cuya livertad miran como la cosa mas distante de subceder. A pesar de todo ello, su cargo fue respetado debido a que supo ganarse la amistad e intereses de aristócratas, comerciantes, terratenientes y eclesiásticos a su favor, aceptando como válida su acción de gobierno, en términos generales, sin olvidar las acciones militares que llevó a cabo en aquellos lugares del cono sur donde se vio obligado a aplicarlas.

   El alzamiento en España contra las huestes de Napoleón fue origen de que se planteara tanto la reivindicación de la figura del Rey como la del concepto de Soberanía. En efecto, ambas nociones iban íntimamente ligadas en momentos de normalización institucional, pero aquel no era el caso. La soberanía le correspondía a Fernando VII como depositario de la misma –concedida por el Pueblo- en nombre de Dios. Sin embargo, una vez que aquella era ultrajada por un gobierno extranjero –como lo fue el de José I Bonaparte- pasaba automáticamente a su propietario original, el Pueblo. Obviamente éste era representado por la elite del mismo; estamos hablando, en el caso americano, del cabildo abierto de cada localidad. Por lo tanto, no es de extrañar que la elite gobernante a nivel municipal y provincial en los diferentes reinos que componían el suelo peninsular español se hicieran cargo del mismo. Hasta aquí, todo claro. Pero ¿y los americanos? ¿Acaso no eran ellos también miembros integrantes de la Monarquía? ¿O eran meras colonias? Esta discusión fue motivo de grandes agravios que tuvieron su máxima repercusión en las Cortes de Cádiz de 1812.

   Lo lógico es que los españoles americanos, antes la escasez y confusión de las noticias llegadas desde los reinos de España, se aglutinaran en juntas de gobierno –al igual que la Central o Suprema de Sevilla- sólo en aquellos casos en los que la representatividad real –léase por tal a la figura del virrey y del capitán general- fuese expresamente reo de lesa traición. Mientras no se diese este caso, debería de respetarse al virrey o capitán general a la espera del regreso del Soberano. Como todos sabemos, las dudas respecto de la fidelidad al Rey por parte de sus representantes, unida a la oportunidad de muchos independentistas en la sombra a la espera de una ocasión como la presente para dar un golpe de timón definitivo a sus ideales de separación, fue ocasión de grandes enfrentamientos políticos, militares, sociales, económicos y hasta religiosos en los virreinatos americanos. De hecho, la centralización de las juntas provinciales españolas en la Junta Central Suprema de España e Indias, bajo la dirección del conde de Floridablanca, provocó una reacción de enfado de los súbditos americanos al verse excluidos de ella que, al parecer, sólo eran útiles en el apoyo económico de la que tan necesitada estaba España. Viendo la reacción que suscitó en América tal cuestión se decidió, el 22 de enero de 1809, que los diferentes virreinatos de ultramar enviaran representantes, puesto que todos los pueblos de la Monarquía tenían el mismo peso en la tarea de gobernar los destinos de la misma, en un momento tan crítico como era el de la época. Sin embargo, los representantes americanos eran ridículamente inferiores en número y en proporción respecto de los peninsulares, ya que –tal y como veremos- las juntas americanas se vieron cercenadas por la autoridad de virreyes y capitanes generales. Éste hecho, unido a la creciente necesidad de crear una Regencia que sustituyera a la Junta Suprema creó una contradicción más en los espíritus americanos, sin olvidar la confusión en la comunicación con las autoridades legítimas que pervivían en Indias, como fueron las instituciones de virreinatos, capitanías generales, intendencias y audiencias que no habían sido eliminadas por ejército extranjero alguno. Como se vio, un desconcierto sobre otro, no condujo a nada bueno en los territorios ultramarinos de la Corona. Por esta misma razón En medio de tan deshecha borrasca que por todas partes circunda a este Virreinato, se mantiene en una total tranquilidad y yo (…) no solo pienso mantenerlo en ella sino en reducir a la razón con la política ayudada de la fuerza la parte que sea posible en las vecindades.

   Existió una conciencia común del riesgo en que vivían y una unidad en los propósitos, al considerar las autoridades que lo que se debía hacer era legitimar el poder de los virreyes y capitanes generales por medio de la constitución de juntas –compuestas por la elite de la sociedad como eran los cabildantes y oidores- que regularían el poder virreinal y converger, entre todos ellos, para la convocatoria de unas Cortes americanas y en la creación de una Regencia. Los hechos, sin embargo, fueron más rápidos que las intenciones como comprobaremos. Frente a los partidarios de una profunda reforma del sistema político, se agruparon los partidarios de unificar todos los esfuerzos en la Guerra de la Independencia frente al invasor francés y dejar, para más tarde, las posibles reformas políticas, económicas y sociales que introdujo la futura Constitución.

   Nació así la Guerra Civil Hispanoamericana, con los resultados que son por todos bien conocidos pero cuyo desarrollo y desenlace no fue tan lineal ni tan esperado como generalmente se cree. Esta artítculo, entendemos, es una muestra de ello. Como si estubiesen de acuerdo se rebolucionaron aun tiempo el reyno de Quito, y la provincia de la Paz, aquel del virreynato de S.ta Fé, y este del de Buenos Ayres ambos limítrofes al de su mando. En el momento dispuso egércitos que pasaron á sosegarlos, el primero á las ord.s del gobernador de Cuenca D. Melchor Aymerich, y el segundo á las del brigadier D. José Manuel de Goyeneche, logrando ambos el efecto deseado en fuerzas de la observancia de sus instrucciones, y el ultimo en virtud de las mismas apaciguar tambien los escandalosos distúrbios de la audiencia de Charcas. Pasado poco tiempo se declaró la insurreccion que con motivo de la franqueza del comercio con los extranjeros, y algunos vecinos discolos de Buenos Ayres, se estaba fraguando desde que el egercito ingles pisó aquel fue lo descubriendose la ciudad y todo el virreynato consecutivam.te por el pronto con máscara de fidelidad al Rey, y en seguida por enemigos suyos. A continuación nos centraremos, dentro de todo el recorrido geográfico y cronológico de los diferentes frentes hispanoamericanos de Suramérica que se alzaron en armas contra el poder real constituido y a los que tuvo que hacer frente el virrey Abascal, en el caso del virreinato del Perú.

   Ya por entonces, le cantaban al Virrey, apreciando las actuaciones de orden político-militar que aplicó a favor de los súbditos a él encomendados, la siguiente copla:


Me preparo a la defensa

y la consulto al Virrey
porque en servicio del Rey
toda demora es ofensa.


   Las conspiraciones dentro del virreinato del Perú

   El virrey Abascal debió de hacer frente desde el principio a posibles y reales conspiradores, como los que avanzaremos a continuación, sin olvidar otras muestras que por anecdóticas no dejan de ser interesantes que intentaron infructuosamente rebelarse con apoyo del exterior o sin él dentro de los límites del virreinato del Perú por varias razones, como fueron el control intelectual, el saberse parte integral de la Corona, el hecho unificador de la fe católica y la aceptación del paternalismo que el régimen monárquico llevaba implícito.

   1805, Aguilar y Ubalde en el Cuzco

   Para fines del año 1805, en Cuzco, el minero huanuqueño José Gabriel Aguilar y Narvarte y el abogado José Manuel Ubalde, que interinamente desempeñaba la Intendencia de la ciudad, intentaron estallar un movimiento sedicioso. Primeramente Aguilar hizo su trabajo proselitista y llegó hasta La Paz, mientras que Ubalde y sus amigos lo hacían en el Cuzco. Para la revolución se requería la participación de un elemento militar, es por esa razón que comprometieron al Teniente de Granaderos del Regimiento Paucartambo, Mariano Lechuga; amigo íntimo de Ubalde. Éste, participó en todas las reuniones. Cuando la insurgencia estaba a punto de estallar, se presentó Lechuga el 25 de junio ante el oidor Manuel Plácido de Berriozabal y delato el plan. Ubalde y sus amigos fueron capturados en el Cuzco, mientras Aguilar, que preparaba el levantamiento fuera de la ciudad, no fue hecho prisionero hasta el 13 de julio. El 5 de diciembre de 1805, fueron ahorcados en la Plaza Mayor del Cuzco.

   1809, un grupo de jóvenes en Lima

   También se dio el caso, cuatro años después en 1809, de algunas reuniones conspirativas cuyo objetivo era destituir de su cargo al virrey Abascal y formar en su lugar a una junta de gobierno, con críticas a algunas actuaciones del Virrey acerca de cómo llevar los asuntos del Virreinato, hechas por un pequeño grupo de jóvenes influyentes. Dichas críticas se centraron, entre otras cosas en (…), que para nada era necesario un Vírrey con sesenta míl pesos, quando con ese mísmo dinero se podían asalariár diéz sugetos; y tampocose necesítaban para cosa alguna Arzobispo que se lleba otros sesenta mil. Y que havía como tres míl destínos ocupados en Líma por Europeos los quales debían servirse por criollos concluyendo con que España ó a lo menos tres partes de ella estaba perdída; (…) les llevó, en la noche del 26 de septiembre a prisión y a una sentencia rápida –firmada el 27 de noviembre por el alcalde del crimen de la Real Audiencia de Lima Juan Bazo y Berri- en la que el abogado Mateo Silva fue condenado inicialmente a diez años de prisión en el castillo cartagenero de Bocachica, al subteniente del Regimiento Real de Lima José Bernando Manzanares y al director de Consolidación José Santos Figueroa a seis años de prisión en el archipiélago chileno de Juan Fernández, a Juan Sánchez Silva y al cadete José Gaete a cuatro años al presidio –también chileno- de Valdivia y al gallego Antonio María Pardo, al madrileño Manuel Pando Fernández de Pineda marqués de Miraflores y conde de Pontejos (entre otros títulos) y a José Antonio García se les remitió con partida de registro a España. Otros condenados sufrieron mejor suerte, como el coronel Remigio Silva que fue condenado a prisión en el acuartelamiento de Santa Catalina de la capital peruana o como el coronel del Regimiento de Dragones de Lima Francisco Zárate y Manrique de Lara, cuyo caso fue sobreseído.

   1810, los conjurados limeños de San Fernando y San Felipe

   Alrededor de 1810, el Colegio de Medicina de San Fernando –fundado por el virrey Abascal- fue germen sino de conspiraciones abiertas, si al menos, de debates y encuentros extra oficiales por parte de los médicos del mismo acerca de la situación política de la época. Destacaron las figuras del protomédico del Virreinato, José Hipólito Unánue y Pavón, del doctor José Gregorio Paredes, del bachiller ítalo-peruano Félix Devoti, del doctor mulato José Manuel Dávalos y el doctor Belomo; estos dos últimos llegaron a Lima a principios de 1807. También en este mismo año y entre los muros de la Congregación del Oratorio de San Felipe de Neri, se dieron sus episodios de pequeñas confabulaciones político-religiosas. Destacaron por sus intrigas los presbíteros Segundo Antonio Carrión, Ramón Ignacio Méndez y Tagle, el joven aristócrata José Matías de Acuña, el abogado Manuel Pérez de Tudela, y, el limeño, José Mariano de la Riva Agüero y Sánchez Boquete; todos ellos controlados por el capitán Juan Vizcarra, comandante de la partida policial que el Virrey tenía siempre en alerta para tratar asuntos de suma delicadeza, como los expuestos. Conveniendo a la publica tranquilidad en las actuales criticas circunstancias de este Reyno contener a los gefes y motores de las inquietudes y turbación popular, que se han advertido en las elecciones de Ayuntamiento y de Diputados, por el fermento que estan ocasionando con motivo de las noticias recibidas del alto Perú (…); he dispuesto (…) separar de esta Capital a las personas implicadas en dicha conmoción. Estas personas fueron los padres del Oratorio Bernabé Tagle, Tomás Méndez y Segundo Carrión así como el colegial José Faustino Sánchez-Carrión, el conde de la Vega del Ren, el pendolista Domingo Sánchez Revata, el panadero Francisco José de Colmenares, el autor del Satélite Fernando López, el empleado en las Cajas Matrices José Manuel García, el abogado y amanuense de la Comandancia de Marina José Martínez, el procurador Justo Zumaeta, el sustituto del Fiscal del Crimen Manuel García, el escribano Manuel Malerin, los abogados de la Real Audiencia Manuel Pérez de Tudela, Santiago Manes y Francisco de Paula Quirós, el fiscal Miguel Eyzaguirre, el librero Martín Tadeo López y los señores Ignacio Pro, José Jerónimo Vivar, Juan de Berindoaga y Juan Esteban Henríquez de Saldaña.

   1811, Zela en Tacna

   El limeño Francisco Antonio de Zela y Arizaga, contador de las Cajas Reales, realizó el levantamiento en la ciudad de San Pedro de Tacna el 20 de Junio de 1811, tras la victoria de Huaqui y connivencia con las tropas rebeldes rioplatenses. Fue apoyado por un grupo de criollos, mestizos e indios, entre ellos Manuel Calderón de la Barca y Lois, primer alcalde constitucional del pueblo tacneño y los caciques de la zona, Toribio Ara y su hijo José Rosa Ara así como el cacique de Tarata Ramón Copaja que recibió el pomposo título de “Comandante Militar de la Unión Americana”. La rebelión de Tacna estuvo en estrecho contacto con la revolución bonaerense; de hecho Zela enarboló la enseña rioplatense puesto que el Perú no tenía una bandera rebelde propia. Los bonaerenses enviaron un ejército a Charcas, bajo el mando del general Antonio González de Balcarce y el abogado Castelli. Desde allí enviaron proclamaciones a varias ciudades del Perú, invitándolos a que siguieran en la revolución. La ciudad de Tacna fue la primera en responder, bajo la dirección de Zela, ocupando el cuartel de caballería del Regimiento de Dragones del Rey. Pero el mismo 20 de junio las fuerzas realistas derrotaron al ejército porteño en Huaqui, al borde del lago Titicaca, y aquel nunca recibió la ayuda necesaria. Estas noticias causaron un problema en la moral de las tropas alzadas y fueron derrotados por los virreinales. Capturaron a los líderes principales de la rebelión, entre ellos a Francisco Antonio de Zela que fue condenado al destierro y prisión por 10 años en la localidad panameña de Castillo de Lorenzo de Chagras donde murió, cumpliendo condena, el 28 de julio de 1821.

   1812, los indígenas de Huánuco

   La revuelta de Huánuco del 22 de febrero de 1812, obligó a huir a los realistas al día siguiente. Reorganizadas las tropas virreinales en Cerro de Pasco, regresaron con refuerzos a Huánuco, produciéndose el encuentro del Puente de Ambo el 5 de marzo, donde fueron rechazadas nuevamente las fuerzas del orden. El intendente de Torura José González Prada, el 10 de marzo, con un fuerte contingente, reconquistó Ambo. Los rebeldes abandonaron Ambo y Huánuco por lo que entraron las tropas del Intendente a ambas ciudades el 19 de marzo. González Prada salió de la ciudad en persecución de los insurrectos, que contaban con un ejército de 2.000 hombres. Los indígenas se dispersaron y los cabecillas fueron capturados en la montaña de Monzón, entre ellos, a Juan José Crespo y Castillo, al curaca Norberto Haro y al alcalde pedáneo de Huamalíes José Rodríguez, quienes fueron enjuiciados sumariamente y ejecutados con pena de garrote el 14 de septiembre en la Plaza Mayor de Huánuco. A otros se les desterró y muchos fueron puestos en prisión. Y todo ello, en palabras del propio Abascal dirigidas a Goyeneche, con el fin de (…) que evite la indigna conducta de unos habitantes depravados, que tan descaradamente han despreciado la lenidad y amor Paternal con que se les ha tratado hasta ahora. A renglón seguido de la captura de los cabecillas insurgentes, el Virrey, concedió un indulto a los rebeldes de Panataguas y Huamalíes, el 13 de abril.

   1813, Paillardelle en Tacna

   El temor a una nueva revuelta no fue en vano porque, en octubre de 1813, el levantamiento de Enrique Paillardelle en Tacna revivió la rebelión de Zela de dos años antes, y había amenazado con sublevar a las provincias del sur y adherirlas a la causa de la junta suprema de Buenos Aires. Paillardelle, como anteriormente explicamos, fue encadenado por las fuerzas enviadas de Arequipa. Pero, en esa ciudad, sus agentes y él mismo habían preparado también un alzamiento que debía haber estallado en conexión con el de Tacna. El 27 de septiembre, por una delación que le llegó al intendente de Arequipa José Gabriel Moscoso, apresó al regidor del Ayuntamiento Manuel de Rivero y Araníbar, y al subteniente Antonio Ferrándiz, acusados de intentar sublevarse. Por su parte, el tacneño Juan Francisco Paillardelle fue emisario de Belgrano en las coordinaciones que el general rioplatense pretendió establecer en el Perú. Junto a aquel, su hermano Enrique Pallardelle, conspiraba en Tacna, y Enrique Peñaranda lo hacía en Tarapacá. Enrique recibió las instrucciones de Belgrano en Puno. El plan consistía en lograr el alzamiento de todo el Bajo Perú. A las órdenes de Enrique Pallardelle, los rebeldes tacneños se apoderaron el 3 de octubre de los acuartelamientos y apresaron al Gobernador de la provincia. El intendente de Arequipa José Gabriel Moscoso, enterado de los acontecimientos, envió una milicia al mando de José Gabriel de Santiago. Las fuerzas insurgentes les salieron al encuentro en Camiara, el 13 de octubre, donde derrotados huyeron a Tacna. A los pocos días se supo del fallido intento de Belgrano y las tropas sediciosas se volvieron a desorganizar. Enrique Pallardelle y unos cuantos seguidores huyeron hacia el Alto Perú el 3 de noviembre, mientras que la plaza de Tacna fue recuperada por las tropas virreinales. En opinión del Virrey, por causa de los que se escaparon de la acción de la justicia y las escasas medidas punitivas aplicadas al caso, le obligaron a manifestarse contra el desarrollo del proceso que impuso la sala de lo criminal de esa Audiencia al relatar que El suceso fue de la mayor publicidad y escandalo; todos, suponen á Rivero el principal autor de él; menos la Sala, por que Dios habrá dado á V.S. y sus compañeros luces que nos niegan á los demas (…); advirtiéndole que otra vez evite conmigo la palabra conflicto, por que o V.S. no entiende su significado, ó se olvida de lo q.u soy, y de lo que represento. El resultado final del proceso llevó a la libertad de Rivero, lo cual encolerizó y mucho al Virrey que dio parte a las Cortes el 2 de agosto de 1814.

   1814, los militares en la Ciudad de los Reyes

   En este rosario de infructuosos levantamientos, se descubrió en 1814 un intento conspirador contra la figura del mismo virrey José Fernando de Abascal el día 28 de octubre, en el que se aprovecharía el sermón que se celebraba en la fortaleza de El Callao tras la procesión del Cristo de la Mar, para arrojar sobre el representante real y su guardia a los propios presos de la fortificación y apoderarse de él y de la fragata de guerra “Venganza”, anclada en la bahía. Supo de la revuelta, el propio Virrey, gracias a las confidencias de varios presbíteros (el canónigo Manuel de Arias, el sacristán mayor Luis del Castillo, el prelado de San Agustín, Echevarría, y el religioso franciscano Galagarza) por medio de una señora cuyo nombre no desvelaron y que, con el tiempo, resultó ser Petronila Valderrama, la madre del principal conspirador que temerosa de que fuera abortado el levantamiento tranquilizó su conciencia al transmitir sus inquietudes a los susodichos eclesiásticos. A ésta se sumaron otras más, como fueron la del comandante de artillería Fulgencio Zevallos que denunció al subteniente Eugenio Pérez y al sargento José Aranis, la del sargento mayor de Dragones de Lima Cesáreo de La Torre que presentó a la causa judicial –presidida por el capitán del Regimiento Real de Lima José Lanao- un par de notas anónimas que recibió, la del torero Esteban Corujo por medio de Ramón Vendrell capitán del Regimiento de la Concordia, la del español Julián Parga y, por último, la del religioso beletmita Joaquín de la Santísima Trinidad. Todos los denunciados –unidos a otros suboficiales militares- tenían en común el contacto con un tercero en la localidad de Cañete –al sur de la capital- con la finalidad de sublevar a los esclavos negros de la zona y generar una revuelta social importante, en confabulación con el conde de la Vega del Ren y con José Gómez; viejo conocido del revoltoso de Tacna, Paillardelle, y en connivencia con los insurgentes rioplatenses. Descubiertos por Juan Escobar, los principales cabecillas escaparon. Gómez se refugió primero en casa de su hermana para ser sacado de la ciudad, por su primo hermano Juan Vizcarra –a la sazón Comandante de la Policía-, al igual que Lorenzo Valderrama que tras salir de la ciudad, atravesó el desierto de Atacama y se unió a los rebeldes, o como Carlos Zalburu y Mariano Casas que se refugiaron todo el tiempo en la capital peruana hasta la invasión de los rebeldes en 1821. Otros, sin embargo, se llevaron la peor parte como fueron los casos de Casimiro Espejo y Nicolás Alcázar, ahorcados en la Plaza Mayor de Lima. Pero, para la mayoría de los encausados la sentencia del Fiscal se dio a conocer el 10 de febrero de 1815, luchando entre los intentos de injerencia virreinal por aplicar el código de guerra y los hechos acaecidos que correspondían al civil, lo que provocó que el Virrey pasase los autos al oidor marqués de Casa Calderón. Así las cosas, y en medio de la confusión premeditada de muchos de los encausados, en el mes de abril se puso en libertad al conde de la Vega del Ren (condicionado a no salir de la capital sin el debido permiso), se condenó a muerte al ausente Juan José Mardones, a un año de prisión -entre los también huidos- al carpintero Donoso y a José Granda, a tres años en Chiloé a Vicente González, a seis años de destierro en Trujillo a José Mérida y a José María Ladrón de Guevara en la misma ciudad norteña, a cinco años de presidio al huido José Gómez (sin contar los que le correspondían por el levantamiento de Tacna), a un año de prisión a los prófugos Lucas Rivas, al mayordomo del molino de San Pedro Nolasco y al pulpero de las cinco esquinas. Fueron exonerados por razones varias Pedro Gil (fue muy locuaz en su declaración), José Antonio Naranjo, Valentín Vázquez, José Fernández, José García San Roque (había servido fielmente como oficial en Chile), Mariano La Torre, Agustín Menéndez Valdez, Pedro Grillo, Anselmo Flores, Jerónimo Medina, Ildefonso Villasante (era cirujano mayor del Regimiento de Dragones de Carabaillo), José Pastor Larrinaga, Salvador Feliu y el abogado José Liza.

   1815, Quirós y el conde de la Vega del Ren en Lima

   Aprovechando la ausencia práctica de tropas en la capital del Virreinato, por la necesidad que de las mismas se tenían en el Alto Perú, conspiraron el abogado Francisco de Paula Quirós y el conde de la Vega del Ren. Ya había tenido, el letrado, fricciones con Abascal por cuestiones electorales pero, al escaparse el 8 de mayo de 1813 de la prisión chalaca y huir a su Arequipa natal, fue preso por el intendente Moscoso y reenviado a Lima el 10 de enero de 1814 por considerarlo cómplice del tacneño Paillardelle y de otros revolucionarios cuzqueños. Sin embargo, gracias a sus contactos, fue puesto prontamente en libertad. Este doctor en leyes tuvo relaciones con el aristócrata José Matías de Acuña, Tomás de Méndez y La Chica, el teniente coronel Juan Pardo de Zela y Vidal, así como algunos suboficiales del Batallón de Milicias del Número que custodiaba la fortaleza del Real Felipe, entre otros. Alzamiento peligroso, puesto que deseó contar con el pueblo de Lima, harto difícil por muchas razones. Ciertamente no faltaron en Lima hombres de todos los estamentos, más entusiastas que pragmáticos, que ganados por los anhelos secesionistas pugnaron por llevarlo a la práctica, afrontando los riesgos inherentes y sin sopesar el poderío moral de un gobernante investido de las atribuciones de virrey, sin tomar en consideración las fuerzas militares acantonadas en la urbe y sobre todo, sin hacerse cargo de la complejidad que entraña acometer un trastorno político de las proporciones que significaba ganar la partida a un mandatario con las dotes de habilidad, inteligencia y entereza que adornaban a Abascal. De hecho, pretender reproducir en Lima el feliz éxito que había coronado las intentonas en otras capitales del continente era quimera condenada de antemano, una tras otra al fracaso, puesto que ninguna de las sucesivas maquinaciones pareció haber respondido a un sentir compartido por amplios círculos ni tuvo relieves de tales alcances como para convocar un compromiso, sino de todos los sectores de la colectividad, a lo menos de los más significativos por su respetabilidad, influjo o poder de decisión. Fuese por el sigilo con que era natural que se condujesen los confabulados, fuese porque no lograsen atraerse a vastos núcleos sociales o fuese, en fin, porque gran parte de la población no se encontrara identificada con las promesas de un futuro diferente, el hecho es que las conjuras se limitaron a aglutinar a quienes sentían la atracción suscitada por afinidades personales, contactos profesionales o relaciones de paisanaje, si bien nunca lograron articular equipos que asegurasen la consecución de los objetivos trazados sobre bases tan deleznables. El control que hizo sobre todos ellos el virrey José Fernando de Abascal y Sousa –especialmente en lo concerniente a la persona del conde de la Vega del Ren- hizo imposible la confabulación revolucionaria, llegando a ser arrestado por las razones que el propio Presidente de la Real Audiencia adujo de la siguiente manera: Desde que la discordia levantó su frente en algunos pueblos de América, empezó a notarse en esta capital un partido de oposición al gobierno y al nombre español (…) Entre tanto lograron atraerse algunos individuos de otro concepto y jerarquía, que les sirviesen de apoyo y entre ellos al Conde de la Vega del Ren, joven enlazado con las primeras familias de Lima y poseedor de varios mayorazgos (…).

   1814/1815, los instigadores Choqueuanca y Peñaranda en el Bajo Perú

   De las ciudades de Tarapacá y Arica, surgieron los rebeldes chilenos José Choquehuanca y Antonio Peñaranda que mantuvieron contacto con los jefes de las partidas guerrilleras rebeldes altoperuanas. La finalidad de aquellos fue la de alborotar a los pueblos ubicados entre Moquegua y Tarapacá, empezando su labor a mediados del mes de octubre de 1814. Desde Locumba, pasaron a Tacna, Putre, Pachica, Guaviña, Chusmisa, Camiña, Jaina, Codpa, Caritaza, Esquiña, Belén, Timar y Ticnamar. La noticia del triunfo de Ramírez de Orozco sobre Puno y La Paz, a principios de noviembre, puso a esta expedición en alerta y la obligaran a deshacer el camino andado por si fueran descubiertos sus fines por la autoridad ariqueña, como así fue. Cuando en diciembre estaban de vuelta por Guañacagua y Ticnamar, se enteraron de la entrada de los rebeldes cuzqueños de Pumacahua en Arequipa, lo que les dio ánimos para seguir en su tarea desestabilizadora. Putre y Tarucachi fueron los siguientes poblados que pisaron al tiempo que se produjo la recuperación de la Ciudad Blanca por Ramírez. Este hecho, unido a la victoria realista en Viluma, ayudó a que los agentes del Rey se aplicaran con mayor esfuerzo en la pacificación de los pueblos interiores a partir de diciembre de 1815. Por información de los lugareños, supieron de la existencia de insurgentes que merodeaban por los poblados habidos entre las localidades de Palca y Putre. Una patrulla al mando de Florencio Quispe y Luciano Guebara capturaron a casi todos ellos. Finalmente, el jefe rebelde tarapaqueño José Choquehuanca, fue fusilado en Tacna el 16 de febrero de 1816 y al mes siguiente, en Arica, corrió igual suerte su compañero Peñaranda.

   1815, los provocadores de Arica y Tacna

   Varios provocadores prepararon para el mes de octubre de 1815, un fallido golpe de mano en las ciudades de Arica y Tacna, con el fin de abrir paso a los rebeldes rioplatenses en esa zona y avanzar hacia el norte peruano y derrocar al Virrey. Aprovechando el repliegue de los Reales Ejércitos en el Alto Perú -desde Cotagaita hasta Oruro- penetró la desazón entre algunos militares que fueron a parar, como desertores, a las ciudades mencionadas. Frente a la ausencia de tropas en las mismas, el teniente general La Pezuela partió hacia Arica para abortar cualquier rebelión, a la vez que el subdelegado de la misma coronel Mariano Porto, temiéndose lo peor, prefirió enviar presos por vía marítima a El Callao –a bordo del bergantín “San Felipe” que mandaba el coronel Antonio Palacios- a los sospechosos de sedición y evitarse una revuelta de la que no estaba muy seguro salir airoso de ella. Respecto de la segunda localidad, el coronel Porto ordenó que se formaran patrullas armadas, compuestas por vecinos, con la finalidad de anular cualquier intento de revuelta en dicha población.

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7 comentarios:

Curiosus Omnium Rerum Spectator dijo...

Sumamente interesante. Gracias por esta entrada.

Juan Ignacio Vargas Ezquerra, dijo...

Pues espera al libro: "Un hombre contra un continente. José Abascal, rey de América (1806-1816)", León, Akrón, 2010.

Curiosus Omnium Rerum Spectator dijo...

El ilustre escritor peruano D. Ricardo Palma (1833-1919), autor de las celebérrimas "Tradiciones Peruanas", dedicó al virrey Abascal una de sus más enjundiosas páginas. Si no la conoce le envío el enlace:

http://es.wikisource.org/wiki/El_virrey_de_la_adivinanza#Cr.C3.B3nica_de_la_.C3.A9poca_del_trig.C3.A9simo_octavo_virrey_del_Per.C3.BA

Curiosus Omnium Rerum Spectator dijo...

http://es.wikisource.org/wiki/El_virrey_de_la_adivinanza#Cr.C3.B3nica_de_la_.C3.A9poca_del_trig.C3.A9simo_octavo_virrey_del_Per.C3.BA

Juan Ignacio Vargas Ezquerra, dijo...

Sí señor, esas tradiciones de Palma son bien conocidas y le dan un toque popular al personaje. Gracias.

ojer66 dijo...

Cuando estará disponible el libro en Buenos Aires? Estimo que su presentación sera de gran interes en este año del bicentenario de estos hechos y personajes...

Juan Ignacio Vargas dijo...

Estimado amigo:

La editorial está pensando cómo distribuir mejor el libro por América. Si lo deseas personalmente, no dejes de ponerte en contácto con la editorial o conmigo.

Un abrazo,