A final de la década de los cincuenta la tensión que se dio, entre el Generalato del Régimen, por la transición hacia un régimen monárquico en la figura de Juan de Borbón, desapareció con la muerte del Teniente General Juan Bautista Sánchez González (1893-1957). Tras él, las otras figuras militares incómodas –por otros motivos- al Caudillo (García Valiño y Muñoz Grandes) no tardaron en desaparecer; la figura de Kindelán, ya era historia. El Franquismo se redirigió hacia gobiernos tecnócratas –ligados a la ACDP y el OD- y se abrió con éxito hacia el Exterior, tanto política como económicamente.
Sánchez González fue un militar africanista que luchó bravamente en las guerras de Marruecos (campañas del Rif, Desembarco de Alhucemas) y España (Levantamiento del 16 de Julio, cinturón de Bilbao, Covadonga, Brunete, Teruel, Belchite, Castellón, liberación de Barcelona y llegada a Le Perthus) y, ocupó con posterioridad, los más altos mandos como capitán general de varias regiones militares. Su obra no pasó nunca inadvertida por todo aquel que le conoció, destacando su valentía y bondad, honradez y austeridad que provocaron el sonrojo, en más de una ocasión, tanto a compañeros de armas como a personal civil con el que se topó a lo largo de su vida. A la par que despertó la admiración y el cariño de muchos, suscitó el recelo de quiénes no se atrevieron a tener ideas propias, en un mundo difícil y convulso como el que le tocó vivir a Juan Bautista. Su muerte se convirtió en la mayor manifestación de duelo que vivió la ciudad de Barcelona en décadas y que no se ha vuelto a conocer hasta la fecha.
Recibió todo tipo de condecoraciones (Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo, tres cruces de 1. ª Clase del Mérito Militar con distintivo rojo, Medalla Militar, Cruz Roja del Mérito Militar, entre otras muchas) por sus campañas marroquíes y españolas. Sirvió al mando de diferentes regimientos de Infantería y tabores de Regulares en las campañas africanas, destacando en el Desembarco de Alhucemas (1926) cuando “(…) fue gravemente herido de tres balazos en el brazo izquierdo y citado como muy distinguido por el Jefe de la columna” (AGM, Expedientes Personales, Tte. Gral. J. B. Sánchez-González, Hoja n. º 25).
Pacificado Marruecos –y ya con el rango de coronel- fue el primero en ponerse al frente de la sublevación militar –antes que Sanjurjo, Mola o Franco- cuando en “La noche del 16 de Julio, inició el Movimiento Nacional en el Rif, sublevando en Torres de Alcalá el Tercer Tabor de Regulares de Alhucemas n. º 5, y poniéndole en movimiento secretamente, hacia Villa Sanjurjo. Al día siguiente, tan pronto tuvo conocimiento de la sublevación de Melilla y aunque no se había recibido la contraseña telefónica convenida con Ceuta, sublevó el resto de las guarniciones del Rif, apoderándose de Villa Sanjurjo y de toda la Región Rifeña, que quedó incorporada a las veinte horas del citado día 17 de Julio, a la España Nacional.” (AGM, Expedientes Personales, Tte. Gral. J. B. Sánchez-González, Hoja n. º 36), hecho que no pasó por alto Azaña que –junto a otros- fue dado definitivamente de baja del Ejército de la República (Gaceta de Madrid, n. º 235, 22/08/1936). Curiosamente el Generalísimo sí lo hizo, cuando se refirió sobre este hecho años más tarde (FRANCO SALGADO, Francisco, Mis conversaciones privadas con Franco, Barcelona, Planeta, 1976, Pág. 184), quizá en un alarde de memoria selectiva… Sánchez González estuvo en todos los frentes importantes de la Guerra Civil Española al mando de su V. ª Brigada de Navarra: rompió el “cinturón de hierro” de Bilbao, liberó a la Santiña de Covadonga de ser pasto de las llamas, luchó en las batallas de Brunete y Teruel, tomó Belchite (Hemos entrado en Belchite/y hemos puesto una bandera/con un letrero que dice/con Bautista no hay quien pueda/ ¡No hay quién pueda, no hay quién pueda/con la V. ª de Navarra!) y rompió en dos al enemigo al llegar hasta el Mediterráneo (Castellón). Pero lo más reseñable fue la liberación de Barcelona: “Ese mismo día 29, resueltas las escasas escaramuzas, a las 19 horas, el general Juan Bautista Sánchez, lanzaba un discurso por la Radio: ¡Catalanes! Hace pocos momentos que el glorioso ejército español comenzó a entrar en la ciudad de Barcelona. Tomada ya totalmente la población, las fuerzas desfilan tranquilamente por las calles levantando indescriptible entusiasmo. La muchedumbre vitorea a los soldados. Ciudadanos ¡engalanad vuestros balcones! Os diré en primer lugar a los barceloneses, a los catalanes, que os agradezco con toda el alma el recibimiento entusiástico que habéis hecho a nuestras Fuerzas Armadas. También digo al resto de españoles que era un gran error eso de que Cataluña era separatista, de que era antiespañola. ¡Debo decir que nos han hecho el recibimiento más entusiasta que yo he visto! (…) He asistido a la conquista de las cuatro provincias del Norte; he paseado la Bandera Nacional y el Escudo de Navarra por Aragón, por Castellón, por todas partes y en ningún sitio, os digo, en ningún sitio nos han recibido con el entusiasmo y cordialidad que en Barcelona.” (BARRAYCOA, Javier, Historias ocultadas del nacionalismo catalán, Madrid, Libros Libres, 2011). Finalmente, con el alma encogida pero con el orgullo del deber cumplido, vio como se izaba la Bandera Nacional en el paso francés de Le Perthus.
Sánchez-González, al igual que muchos de sus compañeros de armas y compatriotas fue monárquico por tradición y convicción. Sin embargo, la figura legítima de esos ideales (Alfonso XIII) fue considerado por muchos de ellos como traidor, primero, con su marcha del país (1931) y las trágicas consecuencias que contrajo y, segundo, con su muerte (1941) en un momento tan crucial para España, con una guerra civil recién acabada y un mundo en guerra… A pesar de que el Ejército Nacional fue profundamente franquista, al acabar la contienda se reavivaron las luchas internas por acceder al poder –tradicionalistas carlistas, falangistas y monárquicos juanistas- por cómo se debía de construir esa nueva España y por la que los regeneracionistas, de principios de siglo, tanto suspiraron.
Juan Bautista Sánchez González, fue nominalmente citado por el general Kindelán para un hipotético Gobierno Provisional de la Monarquía (1944) en el que recogió su nombre –entre otros- como ministro del Ejército. Sin embargo, nuestro protagonista, como miembro del Consejo Superior del Ejército fue llamado –entre otros generales- por Franco (1945) para reforzar su liderazgo ante las conspiraciones monárquicas por el intento de relevo de su persona al frente de España; su apoyo al Generalísimo fue recompensado –con el tiempo- con la Capitanía General de Cataluña. Sin embargo las cosas evolucionaron. Estando todavía como Capitán General de Aragón (1945-1949) fue contactado por Fal Conde (1945) a raíz del manifiesto de Lausana y ya, como Capitán General de Cataluña, empezó a mantener contactos con el conde de Ruiseñada (1950) e incluso invitó al Príncipe de España –Juan Carlos de Borbón y Borbón- a comer privadamente en Palacio (1955). Estos guiños a la Monarquía, unidos a las actuaciones retozonas, frente a la posición férrea del Caudillo, como fueron la omisión en ejecutar a los vencidos bajo su jurisdicción (1944) o la oposición a sacar las tropas durante las huelgas de los tranvías (1951 y 1957), no quitó que fuese procurador en Cortes y llamase a las cosas por su nombre.
El teniente general africanista se hallaba ya, desde la década de los cuarenta, “afectado de hipertensión arterial con ligero ensanchamiento del pedículo aórtico, dolor precordial y trastornos funcionales de la circulación general”. En este estado físico realizó en 1957 la visita periódica de Inspección a las obras y destacamentos junto a la frontera y, “(…) El 30 del referido mes (enero), a las 9´45 horas, en su habitación del Hotel del Prado de Puigcerdá, donde se había trasladado con el referido fin, fallece víctima de un ataque al corazón, según manifestaciones de los médicos, (…).” (AGM, Expedientes Personales, Tte. Gral. J. B. Sánchez-González, Hoja n. º 48). Parece ser que los generales Ríos Capapé y Muñoz Grandes se personaron en la zona para darle a conocer su destitución –por orden de Franco- del mando de la IV. ª Región Militar. Si fruto del disgusto o la discusión mantenida -o ambas cosas- unido a su precario estado de salud antes mencionado, fueron la causa de la muerte de Sánchez González, queda a la discreción del lector. El hecho es que es el militar español contemporáneo más injustamente olvidado, tanto por los vencedores como por los vencidos, murió de una angina de pecho.
Por último, las muestras públicas y privadas de condolencia por la muerte del finado, llegadas de toda España y del extranjero, fueron miles y se manifestaron en firmas (4.271), tarjetas (1.515) y visitas personales (6.300), sin olvidar los telegramas y cartas que hicieron llegar a la viuda del difunto, Ana Pérez Benítez. La mejor herencia no fue precisamente la pecuniaria –más bien todo lo contrario- sino el hecho de que sus hijos y nietos, han figurado y figuran entre los mejores y más cualificados militares que ha tenido y tiene nuestro Ejército, destacando todos ellos por las virtudes familiares del fenecido, y que supo resumir Muñoz Grandes en la corona floral del sepelio: “Al honrado soldado y modelo de caballeros”.








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