KAPÙSCINSKI, Ryszard, Ébano, Barcelona, Anagrama, 2000
“El espíritu de África siempre se encarna en un elefante. Porque al elefante no lo puede vencer ningún animal. Ni el león, ni el búfalo, ni la serpiente.” (Págs. 339/340). Ruanda, Liberia, Sudán, Eritrea, Etiopía, Nigeria, Zanzíbar, Senegal, Chad, son sólo unos de los pocos países en donde Ryszard Kapùscinski estuvo como reportero durante varias décadas. Conoció un África negra múltiple, variada y plural, excelentemente descrita por este periodista y escritor polaco en Ébano. El autor se pregunta cuál es “¿La imagen de África que se ha forjado Europa? Hambre, niños-esqueleto, tierra tan seca que se resquebraja, chabolas llenando las ciudades, matanzas, el sida, muchedumbres de refugiados sin techo, sin ropa, sin medicinas, sin pan ni agua. De modo que el mundo corre a socorrerla. Igual que en el pasado, África es hoy contemplada como un objeto, como un reflejo de una estrella diferente, terreno de actuaciones de colonizadores, mercaderes, misioneros, etnógrafos y toda clase de organizaciones caritativas (…)” (Pág. 241).
Sin embargo él se adentró en las entrañas del continente donde encontró una realidad donde no hay caminos, sino senderos (y por ello los camioneros son los amos de la carretera) y cuyo paisaje varía (la selva tropical de los bantúes –con su proceso constante de germinación, multiplicación y fermentación-, la populosa costa, la alta y fría montaña, el árido desierto de los tuaregs -en este yermo fantasmagórico el hombre pierde diez litros al día de agua por el sudor y tras varias horas de sed, se debilita y desorienta; las fiebres lo rematarán-) y cuya fuerte naturaleza hacen decir a Kapùscinski que “Alba y crepúsculo. Son las horas más agradables en África. El sol o todavía no achicharra o ya nos atormenta. Deja vivir, deja existir.” (Pág. 232).
Un continente en el que históricamente, no existía la rueda para comerciar, ni escritura para reflejar el pasado puesto que “Aquí la frontera de la memoria también lo es de la Historia. (…) La Historia no llega más allá de lo que se recuerda” (Pág. 331) (…) “libre de lastres, del rigor de los datos y las fechas, la Historia alcanza aquí su encarnación más pura y cristalina: la del mito.” (Pág. 333), donde “(…), el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobe su ritmo y transcurso (…)” (Pág. 23).
Con un gran complejo del negro frente al blanco (esclavismo árabe y europeo aprovechado por las guerras interétnicas africanas que provocaron el genocidio ruandés o el apartheid liberiano) hasta los dos últimos grandes conflictos mundiales y las consiguientes independencias coloniales –concedidas- tras el tiralíneas europeo (cuyo fin principal fue sonsacar esclavos, oro y marfil de las tripas de África) que redujo a los 10.000 reinos/estados/federaciones/pueblos a tan solo medio centenar de estados, a pesar que en África la verdadera identidad nacional radica “(…), más que una comunión material o territorial, el africano se siente ligado con sus allegados por una comunión espiritual.” (Pág. 27). Tras el optimismo inicial de la descolonización llegó la avaricia de la burocracia independiente pero con bancos y plantaciones en manos extranjeras y con una escasa industria y educación, provocó la llamada a las puertas de los cuarteles y trajo a la figura del warlord o señor de la guerra; es decir un antiguo militar que ha asumido el poder en una parte del país, al que le sigue un número indeterminado de hambrientos que, con un arma, se bastan para sobrevivir. “El warlord quita a los pobres para enriquecerse él mismo y para alimentar a su horda. Nos movemos en un mundo en que la miseria condena a muerte a unos y convierte en monstruos a otros. Los primeros son víctimas y los segundos, los verdugos.” (Pág. 269). Saquean aldeas o luchan entre sí, cuyas tropas las conforman los niños-soldados -fruto de guerras alargadas en el tiempo donde los adultos han muerto- y cuyas armas, ligeras y pequeñas son muy manejables. Cuando ya no tienen qué rapiñar –se incluyen a las organizaciones no gubernamentales-, solicitan una paz y la intervención internacional para unas libres elecciones, para obtener como contrapartida el suculento dinero del Banco Mundial que sirve para apaciguarlos hasta que se lo gasten y vuelvan a las andadas…
En Ébano, no se deja de describir a un mundo cuya“(…) naturaleza es algo a lo que no hay que oponerse, ni intentar mejorarla, ni hacer nada con vistas a independizarnos de ella. La naturaleza nos es dada por Dios y por lo tanto es perfecta. La sequía, el calor, los pozos vacíos y la muerte en el camino también son perfectos. Sin ellos, el hombre no sentiría el goce auténtico de la lluvia, el sabor divino del agua y la dulzura vivificante de la leche. El animal no sabría disfrutar de la hierba jugosa ni embriagarse con el olor de un prado. El hombre no sabría qué es eso de ponerse bajo un chorro de agua fresca y cristalina. Ni siquiera se le ocurriría pensar que esto significa, simplemente, estar en el cielo.” (Págs. 221/222). La fuerza de la madre naturaleza es de tal magnitud que “(…): el hombre no puede vivir más que su sombra. (…) El agua lo es todo (…) La tierra procede del agua. La luz procede del agua. Y la sangre” (Pág. 334) y, en definitiva, donde “(…) todos nosotros resplandecemos bajo el sol.” (Pág. 9). Por todo ello, Ryszard, viene a resumir que “El problema de África consistía entre la contradicción entre el hombre y el medio, entre la inmensidad del espacio africano (…) y el hombre, indefenso, descalzo, pobre: (…)” (Pág. 25).
Pero junto con este escenario gigantesco y aplastante, el escritor de Ébano destaca el mundo espiritual africano, basado en la realidad visible -personas, animales, animales, plantas, objetos-, el mundo de los antepasados –que reposan en el masiro o sepulcro junto o bajo la vivienda- y el reino de los espíritus con la presencia del mal, los brujos y sus maldiciones. Frente a ellos: Dios. La religiosidad del africano es “de una fe inquebrantable en la existencia de un Ser Supremo, un ser que crea y reina y, también confiere al hombre esa sustancia espiritual que lo eleva por encima del mundo irracional de los animales y los objetos muertos. Esta fe, humilde al tiempo que ferviente, en el Ser Supremo hace que a sus emisarios y representantes en la Tierra también los rodee una aceptación particularmente seria y llena de reverencia. (…) A pesar de cierto espíritu competitivo, la tolerancia que impera en este medio es envidiable y el respeto que goza lo religioso entre la gente sencilla, generalizado.” (Pág. 277). La conciencia de pecado sólo se da de obra –no de pensamiento, palabra u omisión- y es liberado o castigado en el acto por la comunidad tribal.
África es un lugar donde “(…) la vida es un esfuerzo continuo, un intento incesante de encontrar ese equilibrio tan frágil, endeble y quebradizo entre supervivencia y aniquilación. “(Pág. 229). Un mundo cuyos “(…) principios básicos eran: moverse de prisa, evitar confrontaciones directas, rehuir el mal y engañarlo con astucia. “ (Pág. 26). “Toda África se halla en constante movimiento, recorriendo caminos y perdiéndose. Unos huyen de la guerra, otros de la sequía, los de más allá del hambre. Huyen, deambulan, se extravían.” (Pág. 244). “Todo lo que hay en su vida es provisional, inestable y frágil.” (Pág. 125). El hambre que muerde los estómagos de los bayaye (desarraigados urbanitas que palian su obligada abstinencia con un trabajillo si tienen la suerte de poseer un pico, una camisa o un machete) y la búsqueda de sombra son los dos objetivos infatigables que anhela todo africano paliar y conseguir, respectivamente. “El mundo africano (…); es un mundo pobre, de lo más sencillo y elemental, reducido a unos pocos objetos: una camisa, una palangana, un puñado de grano, un sorbo de agua. Su riqueza y diversidad no se expresan bajo una forma material, concreta, tangible y visible, sino en esos valores y significados simbólicos que dicho mundo confiere a las cosas más sencillas, (…)” (Pág. 334). Esto eleva a sus gentes a la trascendencia, a la dependencia comunal y espiritual. Esta interdependencia se expresa magníficamente bien en la cultura africana, que es una cultura del intercambio, del regalo, de la reciprocidad y el hecho de manifestarse en contra, contrae necesariamente alguna desgracia. Por esta razón, “(…) existe la división en agricultores y pastores de ganado, en soldados y oficinistas, en sastres y mecánicos; es un hecho. Pero lo más importante radica en otra cosa, en lo común y compartido: en que todo el mundo comercia.” (Pág. 315).
Kapùscinski se pregunta qué hacer con aquellos millones de personas que no tienen en qué trabajar para valerse por sí mismos con el objetivo básico de comer, beber, vivir con dignidad… Un lugar donde se mata por un puñado de arroz o un cuenco de maíz. Reflexiona comparativamente entre su mundo occidental y otros, llegando a la conclusión de que “(…): la fuerza de Europa y de su cultura, a diferencia de otras culturas, radica en su capacidad crítica y, sobre todo, en su capacidad para la autocrítica.” (Pág. 240). “En lugar de sentido autocrítico, llevan dentro un montón de resentimientos, complejos, envidias, rencores, enojos y manías.” (Pág. 241). Quizá, ¿la clave del éxito?

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