jueves 5 de enero de 2012

Un arco iris en la noche



LAPIERRE, Dominique, Un arco iris en la noche. El convulso nacimiento de Sudáfrica, Barcelona, Planeta, 2010

El autor francés, Dominique Lapierre, autor de obras famosas de intriga como ¡Oh, Jerusalén!, ¿Arde Paris? o El quinto jinete (junto a Collins) inspiradas en hechos históricos del siglo XX, cambio su rumbo literario a favor de los más necesitados como La ciudad de la alegría y Más grandes que el amor. Obras, las de este diplomático, aventurero y escritor, que le han dado fama en el panorama literario mundial.
Sin embargo, a mi modo de entender, Un arco iris en la noche, a pesar de que busca la denuncia del apartheid sudafricano a través de su historia, no está a la altura de sus anteriores novelas. África del Sur, un subcontinente plagado de pueblos distintos entre sí, fue colonizada por protestantes holandeses e ingleses. Aunque el Cabo de Buena Esperanza fue circunnavegado por el navegante portugués Bartolomé Díaz (1486) y levantado cartográficamente por su compatriota Vasco de Gama (1497), no fue hasta mediados del siglo XVII (1652), cuando el holandés Jan van Riebeeck –de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales- estableció un puerto en Ciudad del Cabo, cuando empezó a ser colonizada por europeos. El carácter fundamentalista de su mesianismo hereje, no intentó mantener contacto alguno con las tribus y pueblos autóctonos de lugar (xhosas y zulúes) ya que sólo interesaba establecer una factoría para abastecer a los holandeses que iban a las Indias Orientales (archipiélago de Indonesia). Sin embargo, sus aventuras interiores no fueron de precisamente edificantes (esclavitud y exterminio), en lo relacionado con los negros de la región. A finales del siglo XVIII, los británicos –en su conquista por las rutas marítimas que los harán famosos en el siglo XIX-, la conquistaron y expulsaron a los nativos holandeses (afrikáneres) hacia el interior.
Es la década que va de 1883 a 1890, en que las compañías británicas -empresas particulares que se lanzaron a explorar lo ignoto con fines comerciales, estratégicos y científicos- se internaron a explorar la cuenca del río Níger, la zona de los Grandes Lagos, Uganda y Zanzíbar, la zona del Transvaal y Bechlandia y las costas de Gambia y Sierra Leona. Destacaremos entre éstas a la Compañía Real del Níger, la Compañía del África Oriental, la Compañía Imperial del África Oriental, la Compañía de los Lagos y la Compañía de Sudáfrica. La Gran Bretaña controló casi todo el centro y sur del mismo, así como lugares en el oeste y norte: Egipto, Sudán anglo-egipcio, Uganda, Kenia, Somalia británica, Rodesia, Bechlandia, Unión Sudafricana –tras el conflicto con los bóeres- y las islas de Socotora, Seychelles y Mauricio.
En Sudáfrica, esta política expansionista, produjo más matanzas entre europeos (Guerras de los Bóeres 1880-1881/1899-1902), demostrando una vez más las ansias imperialistas de los británicos a cualquier precio. De resultas de la cuestión, los blancos se fueron adentrando más y más al interior de la actual República de Sudáfrica, impregnándose su sociedad de un racismo –muy decimonónico- que tendrá su paroxismo filo fascista a partir de la segunda mitad del siglo XX: el apartheid. El autor aporta en los anexos del libro una serie de leyes que pone los bellos de punta sobre cómo los anglo africanos trataron salvajemente a los nativos de lugar; tal y cómo hicieron con los indígenas de América del Norte, pero con un estilo más depurado e hipócrita.
Sin embargo, Lapierre, destaca personajes que dieron cierta esperanza en un mundo tan deshumanizado, como fueron la ortofonista Helen Lieberman y el cirujano Christian Barard. Dos blancos en un mundo de negros, que entendieron más lo que les unía que lo que les separaba. También, Un arco iris en la noche, nos relata los orígenes terroristas de Nelson Mandela y su lucha violenta –en un principio- y pacífica y reconciliatoria –después- que dio la libertad real –tras más de 300 años de colonización- al pueblo de Sudáfrica.